¿A qué y dónde juegan nuestros hijos hoy?

El futuro desarrollo social, académico y emocional de nuestros hijos depende en gran medida de sus juegos.

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En las sociedades industrializadas actuales, a causa del apresurado estilo de vida de las familias en general, de los cambios en la estructura familiar y del aumento de las actividades extraescolares, son muchos los niños que no pueden experimentar los saludables beneficios asociados al juego espontáneo. Paradójicamente, en otros países que no forman parte de la llamada sociedad del bienestar, en las que los niños carecen de casi todo, los pequeños disfrutan de mucho más tiempo libre para experimentar los inmensos beneficios asociados a esta actividad tan vital para su correcto desarrollo a nivel emocional, social, físico y cognitivo.

El juego espontáneo, el gran olvidado

En la educación de nuestros hijos existen diversas áreas importantes: Las académicas, las organizadas, las deportivas… Sin embargo, el juego espontáneo, a menudo el gran olvidado, es esencial para que puedan conseguir un equilibrio armónico, al posibilitar la adquisición de tres funciones básicas de la maduración psíquica de un niño, como son la asimilación, la comprensión y la adaptación a la realidad externa. Una actividad en esencia tan sencilla, les permite superar sus miedos, hacer nuevas conquistas y adquirir nuevas competencias, que irán alimentando la confianza y seguridad en sí mismos.

Cuando el juego espontáneo se realiza con el grupo de iguales, nuestros pequeños aprenden aspectos tan vitales para su vida futura adulta, como trabajar en grupo, compartir, negociar, resolver conflictos, desarrollar habilidades sociales, fomentar la capacidad de liderazgo o tomar decisiones.

Estrechar vínculos con nuestros hijos

Jugar con nuestros hijos es también, para nosotros, los padres, una magnífica oportunidad para estrechar unos vínculos que difícilmente el paso del tiempo quebrantará. Al compartir momentos de juego con nuestros príncipes y princesas, tenemos la inmensa suerte de poder participar de su particular visión del mundo y de recuperar, a través de su inocente perspectiva, muchos matices y aspectos de la vida que quizá los años nos han hecho olvidar.

Como padres, siempre deseamos lo mejor para nuestros pequeños y anhelamos ofrecerles las mejores oportunidades para su vida futura, cayendo en el error de llenar su tiempo libre de actividades extraescolares repletas de contenidos académicos o de a actividades muy pautadas o estructuradas, en las que el juego espontáneo o la relación con la familia tienen poca cabida.

Las apretadas agendas de los padres, sin duda, pueden conducir a una menor competencia emocional de los hijos, ya que para algunos niños, este estilo de vida apresurado, lleno de obligaciones, puede ser fuente de estrés, ansiedad o depresión. No caigamos en el error de pensar que si nuestros pequeños no participan en numerosas actividades extraescolares, no estamos actuando como buenos padres, al desperdiciar un tiempo libre maravilloso que podrían aprovechar para prepararse para la vida competitiva que les espera.

Salvo excepciones en las que nuestro hijo requiera algún tratamiento especializado por sus características individuales, los tópicos de la estimulación constante a todos los niveles, desde mi punto de vista, son sólo eso, tópicos. La mejor estimulación para cualquier niño es el amor y el juego compartido con nosotros siempre que podamos. Incluso en aquellos casos más particulares, los métodos tradicionales del juego y de la actividad compartida entre padres e hijos, constituirán la mejor garantía para su salud mental, emocional y física.

Father and son playing doctors.

No profesionalicemos nuestro papel de padres

Si deseamos para nuestros hijos los estándares de productividad y eficacia que aplicamos a nuestra vida profesional y no lo conseguimos, estaremos profesionalizando nuestro papel de padres y nos sentiremos frustrados. No debemos permitir que nuestra ajetreada vida nos prive de disfrutar de tan deseada maternidad y paternidad. Existen muchas actividades que podemos realizar conjuntamente con nuestros hijos en esos momentos libres que, inexcusablemente, debemos encontrar: Hablar con ellos, cocinar juntos, practicar algún deporte, leer, jugar, reír…

Como padres, probablemente no destacamos en más de una o dos áreas de nuestra actividad profesional. No debemos, por tanto, pretender que nuestros hijos lo hagan en todas y convertirlos en “superhéroes” desde su más tierna infancia. Aunque intentemos prepararles para el futuro, no podemos precisar qué habilidades necesitarán para su trabajo en la edad adulta. Lo que sí podemos hacer, es regalarles amor, confianza, capacidad de comprensión y dedicación, transmitiéndoles valores como la honestidad, la generosidad, la comprensión, la importancia del trabajo en equipo, la empatía…, que, sin duda, les serán de inestimable ayuda para que puedan desenvolverse en el mundo cada vez más complejo y desnaturalizado en el que les ha tocado vivir.

Nuestros hijos son el futuro

En contraste con el juego pasivo que nos ofrecen los videojuegos, las consolas, los ordenadores o la televisión, el juego no estructurado y espontáneo debería ser intemporal y prevalecer de generación en generación, sin que los avances tecnológicos lo releguen a un último plano.

Nuestros hijos son el futuro. Por ello, un reto importante para la sociedad actual, para la escuela y para nosotros como madres y padres, es lograr el desarrollo de su potencial intelectual de la forma más apacible posible, respetando su tiempo libre y los límites que cada niño por naturaleza pueda tener. La mejor forma de demostrar nuestro amor hacia nuestros hijos es dedicándoles el tiempo y el espacio que necesitan, escuchándoles, mimándoles, guiándoles y poniéndoles límites cuando sea necesario, para que el día de mañana sean adultos felices y seguros de sí mismos, con una sólida base afectivo-emocional que les permita afrontar cualquier problema que la vida les plantee.

Sin duda, no es tarea fácil, pero… si lo conseguimos, habremos sido, sin duda, los mejores padres.

Josefina Llargués

Fuente: Sloyu, slow down y vive el ahora

“La felicidad es una manera de estar en el mundo” Ferran Salmurri, autor del libro: “Razón y Emoción”

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Desde que apenas levantamos un palmo del suelo, nos enseñan a leer y a escribir, a hacer sumas y restas. Nos enseñan también a obedecer, a seguir unas normas y a pasar unos exámenes. Sin embargo, nadie, ni desde casa ni desde la escuela, nos educa a pensar. ¿Cómo vamos a ser felices si nadie nos ha enseñado a hacerlo?

Con esta idea, edifica el psicólogo Ferran Salmurri su última obra, ‘Razón y Emoción’ (RBA) en la que analiza y expone todas las claves para aprender a pensar, y por ende, a ser felices. Porque está convencido de que la felicidad puede aprenderse y enseñarse; sólo hace falta empezar a ser conscientes de ello. “Buscamos la felicidad y esto no es otra cosa que estar bien y sentirnos bien. Por ello, la felicidad no debe ser una meta en la vida, sino una forma de estar en el mundo”, afirma con rotundidad.

Este especialista en psicología lleva más de 44 años divulgando esta disciplina en aulas y en consultas, intentado aplicar lo que se dice en ellas a la cotidianidad de la vida. Con un enfoque cognitivo-conductual, Salmurri habla de emociones y moldea pensamientoscon el único fin de que la sociedad avance hacia una mejor educación emocional que le ayude a evitar sufrimientos innecesarios o a combatirlos con mejores recursos. “Necesitamos una educación más humana que mejore nuestras emociones, porque todos sentimos lo que pensamos. Somos fruto de nuestros pensamientos”. Sin embargo, pregunta el experto, ¿alguien nos ha enseñado a pensar?, ¿Alguien nos ha advertido qué tenemos que hacer cuando vienen dificultades?, ¿Nos han dado las herramientas necesarias para luchar cuando aparecen problemas? Su respuesta es clara y contundente: No.

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Con todo esto como telón de fondo, la pregunta que corresponde a continuación sería: ¿Cómo debemos entonces, enseñar a pensar? ¿Cómo debemos pensar para sentirnos bien y ser felices? Lo primero que hay que hacer, según indica el profesional, es parar y sopesar: “Reflexionar para qué vivimos y por qué hacemos lo que hacemos. Nadie nos educa para pensar en el ahora sino que se nos instruye siempre pensando y preparándonos para el futuro”. De hecho, hay estudios que dicen que sólo un 10% de las personas vive realmente en el presente. El pasado nos condiciona, y vivimos todo el tiempo preparando lo que vendrá después, pero nos olvidamos del aquí y del momento actual: “Somos fruto del pasado y nos jugamos el futuro, pero la vida es ahora”.

Lo segundo que debemos hacer es usar la inteligencia. “No la usamos cuando pensamos porque nos dejamos llevar por nuestras emociones, por tanto hay que saber pensar para gestionarlas, pero de una forma inteligente”.

Pero aún hay más: no sólo no se enseña a pensar sino que únicamente lo hacemos a obedecer y a cumplir órdenes. A los niños se les demanda cada vez cosas más complejas, se les alecciona a obedecer y a sentirse culpables cuando no han hecho algo bien. A pesar de estar en el siglo XXI, y de todos los avances palpables que se han ido sucediendo a lo largo de los años, “tenemos una educación primitiva emocionalmente, una educación donde predomina el castigo y la culpa”, expone Salmurri.

De igual modo que se nos enseña a través del castigo y de la culpa, se nos prepara desde pequeños a hacer las cosas para tener la aprobación y la estima de los demás en vez de la nuestra propia. “No se enseña a tener autoestima ni a tener las herramientas necesarias cuando vienen épocas de vacas flacas. Y algo muy relacionado con la felicidad”, afirma contundente, “es tener una buena autoestima”.Las personas más felices tienen, al menos, cuatro características importantes que las diferencian de las que no lo son: tienen la autoestima más alta, la percepción de que son personas más estables, capaces de dirigir su propia vida en base a ellas mismas y no a las circunstancias que les rodean, son más positivos a la hora de pensar y suelen tener más relaciones con los demás.

Para conseguir un estado de bienestar, y por tanto de felicidad, Ferran Salmurri desarrolla y enseña con profundidad en su libro las claves necesarias para ayudar a pensar mejor.

Entre otras herramientas se puede utilizar el pensamiento de forma positiva, es decir, potenciar las cosas que hemos hecho bien, no tanto las malas, y generar sentimientos de satisfacción. Al igual que la empatía, que no es otra cosa que tener en cuenta los sentimientos del otro, pues “mejora la convivencia”.

Otra práctica a mejorar es la reacción ante el error: “Una experiencia nunca es un fracaso, pues siempre puedes obtener algo positivo”. Al igual que hay que aprender a relativizar, o lo que es lo mismo, no tener una percepción exageradamente negativa de las situaciones que nos toca vivir.

Y, por supuesto, enseñar autoestima y a gestionar nuestra rabia, celos y miedos, “porque vivimos condicionados por el miedo”. La mejora de nuestros pensamientos y nuestra práctica cognitiva, concluye el psicólogo, es clave para alcanzar nuestros sueños.

Fuente: EL MUNDO

¿Castigo o Recompensa? Pues ninguno de los dos. Conversación con Alfie Kohn

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Tanto las recompensas como los castigos, dice el autor de Castigado con Recompensas Alfie Kohn, son formas de manipular el comportamiento que destruyen el potencial para el verdadero aprendizaje. Por contra, él aboga por facilitar un currículo estimulante y una atmósfera afectuosa “de forma que los niños puedan actuar desde su deseo natural de descubrimiento”.

Alfie, nosotros los educadores usamos bastante a menudo el castigo, pero hemos llegado a entender que no es una motivación muy efectiva. Nos han convencido que en su lugar es mucho mejor usar las recompensas. Sin embargo, ahora tú llegas y nos comentas que ésto también está mal, ¿por que?.

Primero, vamos a asegurarnos que estamos de acuerdo respecto a tu primera premisa, que es que el castigo es destructivo. Hay personas que parecen pensar que si le llaman “consecuencias” o añaden el modificador “lógico”, entonces está bien. “Consecuencias lógicas” es un ejemplo de lo que yo llamo “castigo suave”, una manera mas suave y gentil de hacer cosas a los niños en lugar de trabajar con ellos.

Una vez dicho esto, pasaré a hablar de las recompensas. Tanto las recompensas como los castigos son formas de manipular el comportamiento. Son dos maneras de hacer cosas a los estudiantes. Y en este sentido, todas las investigaciones que determinan que es contraproducente decir a los estudiantes “haz esto o esto es lo que te voy a hacer” tambien se aplican a “haz esto y tendrás aquello”. Ed Deci y Rich Ryan de la Universidad de Rochester tienen razón cuando llaman a las recompensas “control a través de la seducción”.

Y dices que las recompensas son tan indeseables como el castigo.

Debido a su carácter controlador, es probable que a la larga sean experimentadas como aversivas. La razón es que mientras que los estudiantes querrán obtener la golosina -la pizza o el dinero o la estrella de oro- nadie de nosotros disfruta cuando las cosas que deseamos se usan como instrumento para controlar nuestro comportamiento. Así que son las contingencias del beneficio -“haz esto y obtendrás aquello”- que justifican su estatus punitivo a la larga.

¿Estás diciendo que es así incluso para chicos que encuentran ciertas tareas gratificantes por si mismas?

Las recompensas son dañinas para el interés sobretodo cuando la tarea es ya de por sí intrínsecamente motivadora. Esto puede ser simplemente porque hay más interés que perder cuando se añaden elementos innecesarios; si estás haciendo algo aburrido, tu nivel de interés puede ya estar al nivel del suelo.

Sin embargo, esto no nos da derecho a tratar a los chicos como mascotas cuando la tarea no es interesante. En su lugar, necesitamos examinar la propia tarea, el contenido del currículo, para ver como puede hacerse más estimulante. E independientemente de lo que hagamos al respecto, uno de los descubrimientos más minuciosamente investigados en psicología social es que cuanto más recompensas a alguien por hacer algo, menos interés tenderá a tener en aquello sobre lo que se le recompensa.

En Castigado con Recompensas (Punished by Rewards) citas muchas investigaciones sobre estos aspectos. Dices que esto no es sólo tu opinión.

Exacto. Hay al menos 70 estudios que demuestran que motivadores externos -incluyendo los sobresalientes, a veces los halagos, y otras recompensas- no sólo son inefectivos a la larga, sino que también son contraproducentes respecto de las cosas que nos conciernen más: el deseo de aprender, el compromiso con los buenos valores, etc. Otro grupo de estudios demuestra que cuando se ofrecen recompensas a las personas por hacer una tarea que implica algún grado de resolución de problemas o creatividad -o por hacerla bien- tenderán a hacer un trabajo de más baja calidad que aquellos a los que no se les ofrece ninguna recompensa.

Esto parece totalmente contrario a nuestra experiencia de cada día. Todo el mundo está acostumbrado a recibir recompensas y a darlas. Como educadores, pensamos que es justo dar recompensas; los chicos que hacen las cosas bien merecen recompensas.

Lo que los chicos se merecen es un currículo estimulante y una atmósfera afectuosa de forma que puedan actuar según su deseo natural de descubrir cosas. Ningún chico merece ser manipulado con elementos extrínsecos para que cumpla con lo que quieren otros.

Es extraordinario cuantas veces los educadores usan la palabra “motivación” cuando lo que quieren decir es “cumplimiento”. Efectivamente, uno de los mitos fundamentales en este ámbito es que es posible motivar a alguien. Cuando sea que veas un artículo o un seminario llamado “Como Motivar a Tus Estudiantes”, te recomiendo que lo ignores. No puedes motivar a otra persona, así que enmarcar el asunto de esta forma garantiza el uso de herramientas de control.

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Además, la motivación es algo con lo que los estudiantes ya cuentan. No tienes que sobornar a un niño para que te enseñe que puede contar hasta cien millones o leer las señales de la autopista. Pero las investigaciones demuestran que hacia la mitad -o seguro hacia el final- de la escuela elemental, esta motivación intrínseca empieza a disminuir drásticamente -por una extraordinaria coincidencia, justo en el momento en el que entran en juego las notas.

Seguro que es poco realista esperar que todos los niños encuentren el currículo intrínsecamente motivador. ¿Hay algunas cosas sobre las que deben esforzarse, si?

A ver, un niño concreto puede estar más interesado en unas cosas que en otras, pero no estamos hablando de poner algo en la pizarra y esperar que los niños empiecen a saltar diciendo “¡no puedo esperar a aprender esto!”.

Una enseñanza habilidosa incluye facilitar el proceso por el cual los niños aprenden ideas complejas -y esas ideas, como John Dewey nos ha dicho- deben emerger esencialmente de los intereses y preocupaciones de la vida cotidiana de los chicos. “¿Cual es mayor, 5/7 ó 9/11?”. La respuesta correcta es: “¿A quien le importa?”. Sin embargo a los niños les importa mucho lo rápido que crecen. En ese contexto, las habilidades necesarias para averiguarlo devienen interesantes para la mayoría de chicos. “¿Cual es la diferencia entre un símil y una metáfora?”. La misma respuesta: pocos miembros de nuestra especie encontrarían esta distinción intrínsecamente motivadora -sin embargo los niños están muy interesados en escribir una historia sobre dinosaurios o sobre como se les llevó una nave espacial. En el contexto de una tarea que les importa a los estudiantes, las habilidades específicas que nos importan pueden enseñarse naturalmente sin halagos, sin juegos, y sobre todo sin ofrecer a los niños galletitas de perro por hacer lo que les decimos.

Déjame preguntar sobre los halagos, lo que es particularmente delicado, porque no es una recompensa tangible. ¿Si le digo a uno de los miembros de mi equipo que hizo un trabajo magnífico sobre algo, le estoy dando una recompensa?

Esta es una cuestión interesante, y desearía que más educadores la hicieran, independientemente de la respuesta.

El feedback positivo que se percibe como información no es en si mismo destructivo y realmente puede ser constructivo, desde un punto de vista educativo. Y el dar ánimos -ayudar a la gente a sentirse reconocidos de forma que su interés en la tarea se doble- no es malo. Sin embargo, la mayoría de halagos que se dan a los niños toman la forma de recompensas verbales, que pueden tener el mismo impacto destructivo que otras recompensas: es controlador, distorsiona la relación entre el adulto y el niño -y entre el niño y sus iguales- y debilita el interés en la propia tarea.

No es una coincidencia que los programas de disciplina coercitiva se basan en gran medida en obtener el cumplimiento por medio del uso abundante del halago. Un ejemplo típico es el profesor de escuela que dice: “Me gusta la forma en que Cecilia está sentada, tan linda y callada y preparada para trabajar”. Tengo muchas objeciones a estas prácticas.

¿Por qué?

Primero, el profesor no le hace ningún favor a Cecilia. Puedes imaginarte a algunos de los otros chicos que se acercan a ella después de clase y le dicen: “Doña “linda y tranquila” tonta”.

Segundo, el profesor ha convertido una experiencia de aprendizaje en una cuestión de triunfar. Ha introducido la competencia en el aula. Ahora es un concurso para ver quien es el niño más lindo, más tranquilo -y el resto, pierde.

Tercero, esta es una interacción esencialmente fraudulenta. El profesor hace ver que habla con Cecilia, pero en realidad la usa para manipular el comportamiento del resto en el aula -y esto simplemente no es una forma amable de tratar con seres humanos.

Cuarto, y posiblemente el más importante, te pido que reflexiones sobre cual es la palabra más importante en esa expresión. Creo que es “yo”. Incluso si esta práctica funciona, sólo ha servido para que Cecilia y los otros chicos estén preocupados por lo que “yo” les pido, independientemente de las razones que tengo o no para pedírselo. Cecilia no ha recibido ni un ápice de ayuda para reflexionar sobre cómo su experiencia afecta a los demás en el aula o sobre qué tipo de persona quiere ser.

Respecto a este punto, me gusta pensar sobre las preguntas sobre las que se alienta a los chicos que pregunten en las diferentes aulas. En una que está dominada por las consecuencias, los chicos son dirigidos a pensar “¿Que quieren que haga y que me pasará si no lo hago?”. En una clase dominada por las recompensas, incluidos los halagos, los chicos se preguntan “¿Que quieren que haga y que recibiré por hacerlo?”. Date cuenta como son de fundamentalmente similares estas dos preguntas y que radicalmente diferentes son ambas de la pregunta “¿Que tipo de persona quiero ser?” o “¿Que tipo de aula queremos tener?”.

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¿Qué ocurre con los estudiantes menos exitosos? Muchos educadores sienten que ellos necesitan incluso más halagos que los otros chicos. Necesitan ser halagados cada vez que hacen el mínimo progreso.

Ninguna investigación apoya la idea que halagar a los niños para que suban poco a poco las escaleras construidas por los adultos les ayude a desarrollar un sentido de competencia. De hecho, los halagos por el éxito sobre tareas relativamente simples envía el mensaje que el niño no debe ser muy brillante. Además, no se ayuda a que los niños encuentren el material importante o interesante si se les halaga por hacerlo. En general, cuanto más se empuja a un niño a hacer algo a cambio de una recompensa, ya sea tangible o verbal, más disminuirá su interés la próxima vez que la haga. Esto puede explicarse en parte por el hecho de que los halagos, como otras recompensas, son básicamente un instrumento de control; el mensaje que infiere el niño es: “esto debe ser algo que me debería gustar hacer; si no, no tendrían que sobornarme para que lo haga”.

Lo que estás diciendo no va a ser fácilmente aceptado por la mayoría de la gente. Parece ir contra nuestra experiencia de cada día.

Lo hace y no lo hace. Por ejemplo, los padres se acercan a mi y me dicen: “sabes? es divertido que digas esto porque justo ayer le dije a mi hijo que quitara la mesa después de cenar y me dijo: “¿que me vas a dar a cambio?””. Lo que encuentro extraordinario de esto no es lo que dijo el niño, sino que el padre me pida que sacuda la cabeza y sienta lástima por los Niños de Hoy. Lo que quiero preguntar es: “¿donde crees que el niño aprendió esto?”. Y si pregunto esto, la gente entiende.

Hay incluso algunas investigaciones en Missouri que demuestran que cuando se preguntó a los estudiantes universitarios “¿Crees que las recompensas llevan a tener más o menos interés en la tarea?” contestaron erróneamente. Pero tan pronto como se les explicaron los resultados de las investigaciones, todos dijeron, “oh, si, ya lo sabía”. Mucha gente ha tenido la experiencia de hacer algo únicamente porque amaban hacerlo -hasta que empezaron a cobrar por ello, después de lo cual ni soñaron en volverlo a hacer sin cobrar. El fenómeno por el cual los motivadores extrínsecos hacen desaparecer la motivación intrínseca no está en boca de todos, pero tampoco está tan lejos de nuestra conciencia.

De todas formas, es una forma diferente de pensar sobre las cosas. Por ejemplo, me gusta cuando la gente me reconoce por algo que he conseguido.

Si, por supuesto. Todos queremos ser apreciados, animados y amados. La pregunta es si esta necesidad debe tomar la forma de lo que a menudo parece una palmadita condescendiente en la cabeza con un “buen chico”, a lo que pienso que la respuesta lógica es “grrr!”.

Conozco un montón de adultos que son adictos a los halagos: desafortunadamente incapaces de pensar sobre el valor de sus propias actividades y acciones y productos, y completamente dependientes de que alguien les diga que hicieron un buen trabajo. Esta es la conclusión lógica después de haber estado “adobados” en halagos durante años. Y quizá hay una forma más empoderadora y respetuosa de compartir la opinión de uno que mediante una recompensa verbal.

Me sorprendo con profesores que me dicen una y otra vez: “no entiendes los orígenes y los hogares donde viven estos chicos; vienen de lugares sin amor, brutales a veces, y me dices que no les halague?”. Mi respuesta es: “si”. Lo que estos chicos necesitan es apoyo incondicional y ánimo y amor. Los halagos no sólo son diferentes a esto, son lo contrario. Alabar es “salta a través de mi aro y sólo entonces te diré que buen trabajo has hecho y lo orgulloso que estoy de ti”. Y esto puede ser problemático. Por supuesto, con feedback positivo, es una cuestión de matiz, énfasis e implementación. Este no es el caso de las estrellas de oro, las chocolatinas, los sobresalientes, los que considero inherentemente destructivos.

Uno de los mitos centrales que arrastramos es que existe esta entidad individual que llamamos “motivación” de la cual uno puede tener más o menos. Y por supuesto queremos que los niños tengan más, así que les damos sobresalientes, halagos y pizza. Lo cierto es que hay tipos cualitativamente diferentes de motivación. Debemos parar de preguntar: “¿Cómo están de motivados mis estudiantes?” y empezar a preguntar: “¿Como se motivan mis estudiantes?”. El tipo de motivación obtenida por incentivos externos no sólo es menos efectiva que la motivación intrínseca, sino que amenaza con erosionar la motivación intrínseca, esa excitación sobre lo que uno está haciendo.

Así que entonces ¿que sugieres en vez de eso?

A veces hablo de las tres Cs de la motivación. La primera C es el Contenido. Mucho más interesante para mi que saber si el estudiante ha aprendido lo que se suponía que debía aprender es la pregunta: “¿se le ha dado al niño algo que merecía la pena aprender?”. Si me preguntas que hacer con un niño “distraído” -una de nuestras palabras de moda- mi primera respuesta va a ser, “¿cual es la tarea?”. Si les das basura para hacer, sí, puede ser que tengas que sobornarles para que la hagan. Si los niños tienen que rellenar interminablemente los espacios en blanco, no vais a liberaros pronto de las recompensas y amenazas.

La segunda C es de Comunidad: no solo aprendizaje cooperativo sino también ayudar a los niños a que se sientan parte de un espacio seguro en el que se sientan libres de pedir ayuda, en el que lleguen a cuidarse los unos de los otros en vez de ser manipulados para compartir o no ser tacaños. Un trabajo sobresaliente en crear comunidades afectuosas se está haciendo en el Centro de Estudios de Desarrollo en Oakland, California.

La tercera C es de Elección “Choice” en inglés, asegurarse que los niños piensan sobre lo que hacen y cómo y con quien y porqué. Los niños no aprenden a tomar buenas decisiones siguiendo órdenes, sino tomando decisiones.

Enséñame una escuela que realmente tenga esas tres Cs -donde los estudiantes trabajan los unos con los otros en un ambiente afectuoso para dedicarse a tareas interesantes que ellos han elegido- y te enseñaré un lugar donde no se necesitan premios ni recompensas.

Fuente: Taktikum

Entrevista a Eline Snel, formadora de mindfulness para niños: ¿Mi consejo a los padres? “¡Escucha, escucha, escucha a tus hijos!”

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¿Cuál fue su primera aproximación al mindfulness?

Entre 1972 y 1979 trabajé como enfermera y maestra en un hospital. Me di cuenta que los pacientes que sufrían y tenían miedo necesitaban ser tratados de otro modo, necesitaban un cuidado más amoroso, desde el corazón. Desarrollé entonces un programa (no había ninguno en Europa) para adultos que sufrían de estrés, ansiedad y pérdida llamado “dealing with life energy” (gestionando la energía vital).

Cuando en 2000 oí hablar del programa MBSR de Jon-Kabat Zinn (programa de reducción del estrés) ví que nuestros programas tenían muchos elementos en común, puesto que la base de ambos está en las raíces budistas. Me formé como formadora de MBSR en 2005. Desde entonces he formado a muchos adultos. En 2009 empecé a desarrollar un programa de mindfulness para niños.

¿Le fue fácil integrar el mindfulness en su vida cotidiana? ¿Cómo lo consiguió?

A veces es difícil meditar a diario. Cuando estás ocupado, con niños en casa, el único modo de integrar el mindfulness fue la práctica informal: estar presente en lo que haces en los momentos en los que lo estás haciendo. Por ejemplo: cuando hacía la cola en el cajero del supermercado, comiendo en el momento que comía, sintiendo la pequeña mano de mi hija en la mía, escuchando a alguien abiertamente y sin juzgar, dándome cuenta de la distracción de mis pensamientos,…

Ahora que los hijos “volaron” y a pesar de seguir teniendo una vida ajetreada, medito cada mañana durante 30min, además de los talleres, retiros y sesiones de formación en las que participo.

¿Cuando decidió hacer del mindfulness una práctica profesional? ¿Por qué eligió los ámbitos de la educación y la sanidad para desarrollar su trabajo?

Empecé a formar adultos en 1979 cuando tenía 25 años. Me di cuenta que en la educación de mis hijos el mindfulness “marcaba la diferencia” incluso cuando eran muy pequeños. Hace cinco años un grupo de directoras de centros de educación primaria que habían seguido mi programa de MBSR me preguntaron “¿Por qué no desarrollas un método de formación en mindfulness para niños en el entorno de la educación y la salud? Si hubiera tenido una formación así cuando niña, ¡mi vida hubiera sido otra!”.

Me ofrecieron sus centros, sus alumnos y la oportunidad de ponerlo en práctica. Así que la metodología de Mindfulness Matters se desarrolló desde las raíces y no desde un libro o la mesa de un despacho. Empecé a formar maestros y profesionales de la salud (terapeutas, psicólogos, médicos y enfermeras) para capacitarles como formadores de niños en sus escuelas y consultas. Después escribí “Tranquilos y atentos como una rana” para padres y madres de niños entre 5 y 12 años. Se ha publicado en 27 países alrededor del mundo… y eso me lleva a peticiones de formación en muchos países extranjeros, ¡una evolución que no podía haber previsto jamás!

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No es fácil para los adultos entender en qué consiste realmente el mindfulness, ¿cómo explica el mindfulness a los niños?

Usando la metáfora de la rana. Esta es una pequeña parte del manual del profesor para usar en sus clases “Para aprender a concentrarte en tu respiración, puedes contemplar una rana en la orilla de un estanque. Está completamente quieta. Su estómago se hincha y se deshincha con cada respiración. Puedes verlo fácilmente. Así que una rana es muy buena sentándose completamente quieta y concentrándose. Solo cuando hay un peligro, la rana salta lejos. Pero mientras eso no sucede no hace nada. Nada más que estar sentada y contemplar lo que está pasando. Puedes aprender de la rana a sentarte tranquilamente y contemplar. Y quien sabe, quizás un día se convierta en un príncipe.” Es más fácil explicar el mindfulness a los niños que a los adultos. Los ejercicios están alineados con su habilidad de relajarse, concentrarse y respirar desde el juego.

¿En qué consiste una sesión de mindfulness para niños? No puedo imaginarme a muchos de los niños que conozco sentados durante mucho rato…

Cada sesión consiste en unas pocas historias de 3 a 10 minutos, en las que se concentra la esencia de la lección, una o más meditaciones (llamadas ejercicios de atención o conciencia) y algunos ejercicios de movimiento consciente. Los ejercicios de los niños más pequeños son más cortos (3-5min) que los ejercicios de los niños mayores (5-15min).

Cada semana (durante 8-10 semanas seguidas) se da una lección. El primer día de la semana la sesión dura 30 minutos (niños de 4 a 8 años), 40 minutos (niños de 8 a 10 años) o 40-50 minutos (niños de 10 a 12 y 13 años). En los siguientes cuatro días de la semana las sesiones son de 10 minutos. En resumen, son sesiones más cortas y variadas que las sesiones de adultos. Una lección se trabaja durante 5 días.

Mi experiencia es que incluso niños con diagnósticos de déficit de atención y hiperactividad, para los cuales estar quietos es un problema, consiguen después de pocas lecciones relajarse y concentrarse en los ejercicios que se están realizando.

¿Cómo reaccionan los niños a la formación en mindfulness? ¿Cuáles son las experiencias y emociones más frecuentes que comparten con los formadores?

A la mayoría de los niños les encanta. Después de 8 semanas no quieren dejar la formación; en Holanda hay alrededor de 4000 niños formados y en Francia 600. Los niños suelen contar que se pelean menos, tienen más confianza en si mismos y en los demás, se concentran más fácilmente, se enfadan menos… las madres observan que sus hijos están más calmados, más seguros de sí mismos y que no le dan tantas vueltas a las cosas. En mi blog podréis encontrar muchas de estas experiencias que mis alumnos y sus madres han querido compartir (www.Academievoormindfulteaching.nl blog).

También hay muchas emociones que afloran durante los ejercicios, por ejemplo cuando los niños expresan su deseo más profundo (el ejercicio del árbol de los deseos trata sobre aquello que es difícil que se convierta en realidad). Algunos niños imagina, por ejemplo “Deseo que mis padres divorciados) vuelvan a estar juntos de nuevo”, “Deseo que mi abuela que murió hace unas pocas semanas vuelva a vivir”. Esto demuestra que los niños se sienten seguros de expresar sus sentimientos.

Uno de los aspectos en los que incido una y otra vez cuando formo maestros es: “No juzguéis las experiencias de los niños, todas las experiencias están bien”. Lo cual es difícil para la mayoría de los maestros porque están acostumbrados a juzgar lo que los niños sientes, piensan y hacen.

¿Como maestra, que beneficios puede traer el mindfulness a mis alumnos?

Antes de poder formarse como formadores, los maestros tienen que seguir el programa MBSR de 8 semanas. Algunos de los efectos directos son; se sienten más tranquilos, más atentos en sus reacciones hacia los demás; en su trabajo en la escuela y en su clase se sienten más tranquilos, relajados, con menos estrés. Esto en sí mismo ya tiene efecto en la tranquilidad del grupo clase y la concentración de los niños, que disfrutan de un entorno de aprendizaje más tranquilo.

Los siguientes efectos se refuerzan cuando los niños siguen una formación: – Pueden concentrarse mejor. – Están más tranquilos y relajados – Tienen más confianza en sí mismos. – El trato hacia sí mismos y hacia los demás es más amistoso (menos peleas, menos bullying) – Pueden gestionar mejor sus emociones.

Algunos profesores dicen haber observado que los niños consiguen mejores resultados de memoria, concentración, comportamiento dirigido a objetivos, herramientas de planificación, de pensamiento creativo,… todas estas habilidades contribuyen a mejorar el aprendizaje cognitivo.

Como terapeuta, ¿de qué modo puede el mindfulness apoyar el progreso de una terapia?

Cuando los niños terminan la formación pueden gestionar mejor el malestar, la ansiedad, los pensamientos depresivos… los niños con desórdenes en el espectro del autismo reaccionan muy positivamente: sienten menor ansiedad y mejoran su sensación de bienestar emocional y físico.

¿Puede darnos un consejo para llevar el mindfulness a la familia?

Lo primero: compren mi libro “Tranquilos y atentos como una rana” (risas). Contiene muchos ejercicios prácticos que pueden practicarse en casa a la hora de la comida, mirando la tele, etc.

Uno de los consejos más importantes para los padres es: “¡Escucha, escucha, escucha a tus hijos!” ¿Qué es lo que realmente te están diciendo? ¿Qué necesitan? Intenta ser tan abierto como puedas, capta incluso los sentimientos y pensamientos más sutiles, sus anhelos y expectativas. Y si empiezas a pensar y sientes crecer sentimientos mientras les escuchas, date cuenta de ello e intenta regresar a la escucha atenta. Como dicen los niños “¡Dicen que escuchan pero siempre me cuentan su historia mientras estoy hablando!”.

Dice de sí misma que es una madre y una abuela de “corazón y alma”. ¿En qué ha contribuido la práctica del mindfulness en sus relaciones familiares?

En estar abierta y tener una atención compasiva hacia los miembros de mi familia. Sin juzgar a uno o a otro, sino amando a cada uno del modo que es.

¿Cuál es el regalo más valioso que el mindfulness ha traído a su vida?

La simplicidad. Ser consciente una y otra vez de que siempre existe la posibilidad de prestar atención a la respiración y encontrar en esta vida agitada un lugar donde siempre hay paz. Y el profundo efecto de acompañamiento que produce la compasión. Al estar yo misma “en casa”, puedo ofrecer un cálido lugar para otros.

De tu interés: La Academia de Enseñanza Mindful, de Eline Snel

Fuente: Sloyu, slow down y vive el ahora

Los Derechos NATURALES de los niños

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Todos conocemos o hemos oído hablar de los “Derechos del niño”. La Convención sobre los Derechos del Niño es “el tratado internacional de las Naciones Unidad a través del cual se enfatiza que los niños tienen los mismos derechos que los adultos, y se subrayan aquellos derechos que se desprenden de su especial condición de seres humanos que, por no haber alcanzado el pleno desarrollo físico y mental, requieren de protección especial”. Entre algunos de estos derechos se destacan el derecho a la vida, la supervivencia y el desarrollo. Derecho a la no discriminación y a su protección de abandono, crueldad y explotación, y para mí el que engloba y abarca a todos los otros que es el derecho al amor y la comprensión de los padres y la sociedad. En resumidas cuentas la declaración de estos derechos reconoce al niño y la niña como “ser humano capaz de desarrollarse física, mental, social, moral y espiritualmente con libertad y dignidad”.

A pesar de lo anterior, sabemos muy bien que muchas veces en distintos lugares del mundo estos derechos que deberían ser prioridad de cada uno de nosotros, una infinidad de veces son violados y pasados por alto, en algunas circunstancias de manera premeditada e intencional; aunque algunas otras sin saber que por anhelar lo mejor para el niño estamos pasando a llevar sus derechos sin ninguna intención de por medio. A qué me refiero con esto último, me refiero a que sobre todo hoy en día muchas familias con todas sus buenas intenciones, pasan por alto sin querer el derecho que tiene el niño a crecer en un ambiente de RESPETO y LIBERTAD. ¿Por qué?, porque en ese afán por competir, medir, dirigir, supervisar, controlar que vive sumergida en la actualidad nuestra sociedad, nosotros tanto como padres y/o profesores pasamos por alto el derecho  natural  a  “expresarse” que tiene cada niño. Esta “expresión natural” como quise llamarle se explica muy bien en una carta de los “derechos naturales de los niños” (que expongo más abajo) realizada por Gianfranco Zavalloni. Este profesor de origen italiano es conocido también por su libro: “La Pedagogía del caracol”, donde aboga por una educación lenta y respetuosa a los ritmos y necesidades de los niños.

A medida que lean estos derechos se darán cuenta así como yo que son necesidades que a primera vista pueden parecer tan simples, sin embargo de suma importancia para un desarrollo íntegro y armonioso de un niño. Ustedes se preguntarán y ¿por qué al ser tan simples no se respetan? No se respetan porque al parecer hoy en día la simpleza no tiene cabida en el mundo de hoy. Lo sencillo, lo natural  ya no se respeta en una sociedad donde priman más que nada la velocidad y ese afán por conseguir facultades que me hagan sobresalir o estar a la par con  los otros, para supuestamente como padres y educadores asegurar un futuro prometedor a nuestros niños; olvidando muchas veces que en lo simple se encuentran los aprendizajes más importantes. Como dice Carl HonoréLos aprendizajes y experiencias más enriquecedores a menudo son imposibles de medirse o clasificarse en un curriculum vitae”. 

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Entonces, según Gianfranco Zavalloni cada niño y niña tiene:

  • El derecho al ocio. Períodos de tiempo que no estén planificados por los adultos,tiempo para distraerse.
  • El derecho de ensuciarse. Jugar con la arena, la tierra, la hierba, las hojas, las piedras, el agua, hacer barro.
  • El derecho de oler. Sentir el placer del olor, reconocer los aromas de la naturaleza, de las comidas.
  • El derecho al diálogo. Tener la oportunidad de hablar, de ser escuchado y también de escuchar a los demás.
  • El derecho a utilizar las manos. Utilizar el papel de lija, encolar, modelar barro, ligar cuerdas, usar el tacto para reconocer los materiales…
  • El derecho a un buen comienzo. Tomar alimentos sanos desde el nacimiento, beber agua fresca y respirar aire puro.
  • El derecho a la calle. Jugar libremente en la plaza, caminar por la calle, poder disfrutar de los pueblos y de las ciudades.
  • El derecho a lo salvaje. Construir una cabaña en el bosque, jugar al escondite entre las cañas y trepar a los a árboles, bañarse en los ríos, saltar desde lo alto, caer y levantarse de nuevo.
  • El derecho al silencio. Sentir soplar el viento, cantar los pájaros, borboteo del agua, el rumor de un bosque, la calma.
  • Los derechos a los matices. A ver el amanecer y el ocaso y admirar por la noche la luna y las estrellas.

¿Se dieron cuenta? Cosas tan simples. Qué bello sería que cada niño gozara de tiempo y espacio para disfrutar de todo lo anterior. Que cada niño tuviera el RESPETO Y LA LIBERTAD para crecer y desarrollarse a su propio ritmo, asombrándose y disfrutando de las cosas simples de la vida en contacto con la naturaleza. En un ambiente acogedor, amoroso, respetuoso, alejado de presiones y competencias. 

Nosotros como adultos hemos perdido de cierta manera la capacidad de maravillarnos y asombrarnos ante la vida misma. Nunca es tarde para volver a retomar el camino, lo importante es querer hacerlo. Es por esto que te invito a que como mamá, papá, educador te tomes tu tiempo, reflexiona sobre esto. Si al reflexionar te das cuenta que sí en realidad te has dejado llevar por el ritmo, la prisa y las exigencias, y en este andar precipitado has embarcado a tus hijos y/o alumnos, haz un “stop”. Sal afuera, respira y junto a tu hijo y/ o alumno vuelve a ser niño otra vez.

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Por Evelyn E.

Entrevista a Laura Gutman: “Dejemos de culpar al trabajo. Lo que complica el apego es nuestra dificultad para conectarnos con las emociones y las necesidades del bebé”.

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Exiliada en Francia, tras el golpe militar de 1976, con solo 18 años, Laura Gutman descubrió su vocación de sicoterapeuta familiar. Se formó en la Universidad París 8, en Sicopedagogía Clínica Aplicada a las Ciencias de la Educación, a la vez que se convertía en una activista femenina de la primera hora, interesada en la reivindicación de la mujer dentro de la sociedad patriarcal. Pero fue el desarrollo dentro del universo de la maternidad lo que de a poco se convirtió en eje de sus investigaciones. Hoy, desde el Centro Crianza –la institución que fundó y que dirige en Buenos Aires– habla de escuchar nuestra propia intuición, volver al origen para saber quiénes somos y así lograr ser responsables de lo que generamos.

Convertida en una auténtica gurú de las madres contemporáneas argentinas, la entrevistada sigue las premisas de sus mentores, la sicoanalista francesa Françoise Dolto y el obstetra Michel Odent, pionero en temas de parto natural y acuático. Pero, más allá de lo académico, lo que prende en las mujeres 2.0 es el concepto que se repite en cada uno de sus libros de que aquello que reciba el bebé apenas nace es lo que marcará su futuro. Habla de la importancia de descifrar el sello de fábrica que todos traemos y de aprovechar el momento de la maternidad para capitalizar ese aprendizaje. Revolucionaria o no, la propuesta de Gutman de revisar nuestra biografía emocional y preguntarnos qué tenemos para ofrecerles a nuestros hijos entra en los hogares porque pone en palabras amigables la contradicción evidente entre el lugar que tiene la mujer en la sociedad actual y su obligación más primitiva, esa necesidad de proteger a la cría.

Qué análisis haces del éxito que tienes entre las mujeres? ¿Qué le aportaste a esta nueva generación de madres?
Mis primeros libros, sobre todo La maternidad y el encuentro con la propia sombra (Del Nuevo Extremo, 2008) y La familia nace con el primer hijo (Del Nuevo Extremo, 2011) prestaron palabras a sensaciones y vivencias femeninas internas que no eran habitualmente mencionadas. Son libros con los cuales las mujeres nos identificamos y nos ayudan a generar preguntas de otro tipo: “¿Qué tengo que ver yo, mi historia, la parte que desconozco de mí misma, con esto que ahora me duele de mi maternidad? ¿Qué relación hay entre esa dificultad que tengo para ser madre con lo que me ha acontecido a lo largo de mi vida?”.

Socialmente a una mujer actual se le exige que reparta su vida entre su crecimiento profesional, su belleza y su maternidad. 
¿Es la fórmula de la felicidad como la venden o era mejor la vida de nuestras madres?
Antes, no era mejor ni peor que ahora. Era distinto. Lo que pasa es que las mujeres desplegaban su identidad puertas adentro y ahora la desplegamos puertas afuera. Pero, desde la vivencia del niño, las cosas están igual que siempre: sometidos al desamparo. En la actualidad, las mujeres nos sentimos visibles y reconocidas si trabajamos. En cambio nos sentimos peor si nos quedamos encerradas en la crianza. De todas maneras, esto no se resuelve ni quedándose en casa ni yendo a trabajar, sino contactándonos con nuestras verdaderas dificultades, que son emocionales.

Pero esta exigente división de roles no ayuda.
No creo que el problema sea la multiplicación de roles. Lo fundamental es el dolor que nos produce el contacto afectivo, la incapacidad de vincularnos desde el conocimiento de quiénes somos. Por eso surgen obstáculos al momento de comprender, aceptar y operar a favor de los niños, sin poner en tela de juicio lo que les pasa, sino simplemente respondiendo a sus demandas. Las personas podemos trabajar, tener relaciones amorosas, hacer deportes, viajar, ocuparnos de problemas de nuestra familia ascendente y, en esos casos, no decimos que tenemos demasiados roles que cumplir. Sin embargo, cuando se trata de la crianza de los niños pequeños, ahí sí aparece el hartazgo por tener que asumir múltiples tareas. Lo que está en el centro es un problema de discapacidad emocional, como consecuencia del desamparo en nuestra primera infancia: “A mí no me dieron esto cuando era pequeña y ahora me cuesta entregarlo yo”.

En todos tus libros hablas del apego como núcleo fundamental en la relación de la madre con el bebé. ¿Cómo pueden practicarlo la mayoría de las mujeres que deben volver al trabajo pocos meses después de tener a sus hijos?
Dejemos de culpar al trabajo. Lo que complica el apego es nuestra dificultad para conectarnos con las emociones y las necesidades del bebé. Podemos ir a trabajar diez horas. Lo importante es que miremos qué es lo que toleramos cuando regresamos a casa. ¿Nos quitamos la ropa y nos metemos en la cama con el niño pegado a nuestro cuerpo? ¿Accedemos a darle de mamar sin horario? O, por el contrario, ¿al llegar a casa otorgamos prioridad a otras demandas del mundo externo? Si el niño espera a su madre durante el horario de trabajo y cuando la madre regresa a casa, efectivamente la encuentra, ese niño sabrá nutrirse para poder tolerar la ausencia al día siguiente. En cambio, si un niño espera a su madre, pero cuando esta regresa, no se funde con su hijo, entonces el niño sabrá que está solo. Insisto: las mujeres culpamos al trabajo, pero en el fondo lo usamos como una excusa para evadir nuestras capacidades o discapacidades para amar.

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Entonces la solución de la mujer moderna, para no sentirnos culpables, es dedicación full time al regreso.
Basta de hablar de culpas. Empecemos a hablar de responsabilidades. Si somos mujeres adultas y hemos parido un hijo, tenemos dos opciones: hacernos cargo o no hacernos cargo. Si nos hacemos cargo, no estaremos pendientes de nuestra culpa, sino de las necesidades del bebé que llegó al mundo absolutamente dependiente de los cuidados maternales. No puede resolver nada por sí solo y depende de su madre. Ahora bien, si decidimos no hacernos cargo, entonces, sigamos lamentándonos.

¿Pero cuál es tu consejo más concreto?
Cuando llegues a tu casa, después del trabajo, levanta a tu bebé en brazos y átalo a tu cuerpo. Llévalo contigo a todas partes y permítele acceso libre a tus pechos. Entonces, al día siguiente el niño podrá esperar pacientemente una nueva jornada de ausencia. Justamente, porque confiará en que regresarás y lo nutrirás una y otra vez.

¿Y qué pasa con la mujer que, por alguna razón, no puede amamantar?
Antes de determinar que una madre no puede lactar, tenemos que saber qué es lo que aconteció. ¿Atravesó un parto maltratado? ¿Pasó mucho tiempo entre el nacimiento del bebé y las primeras puestas al pecho? ¿Tiene un entorno hostil respecto a la lactancia? ¿Las personas allegadas han desestimado sus capacidades maternales y le han infundido miedo? ¿Está infantilizada? Hay que revisar cada caso en particular y ver qué deseos, miedos, anhelos o prejuicios tiene cada madre, antes de evaluar que no puede amamantar. Si esa mujer está inundada por otras dificultades familiares o afectivas y eso es lo que le ha impedido amamantar, serán esas mismas dificultades las que le van a impedir dedicarse con apego y entrega total a su bebé.

Desde los medios de comunicación nos invaden con consejos de todo tipo sobre qué hacer y qué no hacer cuando somos madres.
Tampoco les echaría la culpa a los medios de comunicación. Si funcionamos según reglas o modas impuestas desde la televisión o la opinión social, es porque en algún modo nos acomoda y nos exime de la propia responsabilidad. Asumimos una actitud infantil dando importancia a opiniones sobre la crianza que cualquiera emite. En cambio, no andamos preguntando a diestra y siniestra de quién enamorarnos o 
adónde irnos de vacaciones.

¿Y por qué les damos valor a opiniones ajenas cuando se trata de nuestros hijos?
Creo que la infantilización de las mujeres empieza en el inicio del embarazo. Apenas tenemos el resultado positivo, corremos a una consulta médica para que nos digan qué está bien y qué está mal. Llegamos al parto con un nivel de ignorancia sobre nuestras capacidades femeninas y de sometimiento a las prácticas médicas que nos convierte en meras espectadoras. Después vivimos el parto sistematizado por rutinas hospitalarias que nos transforman en objetos. Para ese entonces ya hemos perdido nuestras referencias internas y nuestra seguridad interior. Luego, con el bebé presente, sintiéndonos poco menos que un insecto, nos creemos desprovistas de cualquier saber. Y preguntamos a quien sea lo que sea. A veces resulta que somos gerentas de una multinacional, o profesionales liberales y autónomas, o intelectuales o políticas, es decir, mujeres acostumbradas a tomar decisiones. Sin embargo, en el ámbito personal, creemos que no sabemos resolver un resfrío o una noche sin dormir. Esa inseguridad es el caldo de cultivo de todos los consejos para madres. Es preciso que revisemos desde qué momento delegamos en supuestos saberes ajenos a nuestro propio devenir.

Es fuerte lo que dices, pero muy real. También tienes una visión sobre la vida en pareja. ¿Qué crees que desea encontrar el hombre actual en una mujer y qué es lo que buscamos nosotras?

Hay que modificar el punto de vista con el que salimos a buscar pareja. No importa qué es lo que yo quiero encontrar sino qué es lo que tengo para dar al otro. Todos queremos encontrar lo mismo: amor. El problema es que no ponemos atención en qué calidad de amor tenemos para dar. Y esta discapacidad es igual en hombres y mujeres.

¿Cuál es el mito más evidente que ves en la forma amorosa de relacionarse de hoy?
Las mujeres tenemos tendencia a enamorarnos de nuestras propias fantasías. Y claro, apenas ese señor no funciona como esperábamos, nuestra decepción es enorme. Los hombres, en cambio, no son tan fantasiosos, al menos no anhelan “cambiarnos”. En lo que sí solemos ser iguales es en el infantilismo, en un profundo desconocimiento de nosotros mismos: somos más hambrientos de ser amados que capaces de amar. Por eso las parejas se resquebrajan en presencia de los hijos. En ese momento –frente a la crisis por la inmensa demanda afectiva de los hijos– se hace visible la falta de generosidad para dar prioridad a las necesidades de otro.

¿Cómo se construye el rol de la mujer en esta nueva sociedad que quiere correrse de a poco de la estructura patriarcal?
No hay cambio posible si no revisamos el nivel de desamparo que hemos padecido cuando fuimos niños. Luego, es imperativo registrar qué niveles de egoísmo emocional manejamos, o qué nivel de guerra o de ceguera o de miedo padecemos. Recién entonces podemos pensar si estamos dispuestos a cambiar a favor del amparo hacia nuestros hijos, parejas, amigos, hermanos o quien sea que nos toque vincularnos. La estructura patriarcal es una estructura de dominación. Para dominar se requieren guerreros. El maltrato en la primera infancia es la manera más rápida y eficaz para generar guerreros. Si eso no nos gusta y anhelamos una sociedad diferente, tenemos que hacer algo.

¿De qué hablamos cuando hablamos del discurso materno?
Mi último libro, El poder del discurso materno (Del Nuevo Extremo, 2011), describe la distancia que hay entre aquello que hemos vivido siendo niños y aquello que fue nombrado por nuestra madre. Por ejemplo, si nuestra madre se ha quejado durante toda nuestra niñez de los sacrificios que tuvo que hacer para criarnos, nosotros vamos a recordar ese sacrificio, pero posiblemente no recordemos el nivel de necesidades no satisfechas que tuvimos que, al no haber sido nombradas, la conciencia no las puede organizar. Y eso genera una zona de conflicto.

Hablas del desamparo emocional. ¿De qué se trata y por qué es importante identificarlo?
Mis libros describen principalmente el desamparo en la primera infancia y los estragos sobre todos los hombres y las mujeres que devenimos en adultos llevando a cuestas una gran inmadurez emocional. Es fundamental mirar eso con claridad para evitar malos entendidos posteriores que traen desacuerdos y frustraciones.

Trabajaste junto con las primeras feministas en Francia. ¿Con qué soñabas en aquella época y qué transformaciones esperas para el futuro?
Supongo que nada muy diferente a lo que sueño ahora: mayor madurez emocional en los adultos, hacernos cargo de lo que generamos, ser conscientes de nuestras limitaciones, trabajar sobre nosotros mismos antes de pretender que los demás cambien.

Fuente: PAULA 

Francisco Mora Teruel: “Solo se puede enseñar a través de la alegría”

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Nos detenemos a hablar de neuroeducación y de la emoción como base del aprendizaje con Francisco Mora Teruel, doctor en Medicina, doctor en Neurociencias y catedrático de Fisiología Humana. Y lo hacemos a partir de la lectura de su libro Neuroeducación, solo se puede aprender aquello que se ama. “La emoción es el vehículo que transporta las palabras y su significado”, nos cuenta en esta entrevista.

Solo se puede enseñar a través de la alegría”. ¡Qué gran frase!
La alegría es un sentimiento positivo del ánimo que nadie duda lleva siempre a hacer cosas. Despierta la curiosidad. Focaliza la atención. Asocia eventos y sucesos y el individuo aprende fácil. El sustrato último de esa alegría es la emoción encendida.

Los niños de temprana edad serían más felices y aprenderían más al aire libre que en las aulas, dice usted en el libro.
El cerebro posee códigos tempranos de funcionamiento (sin duda, recapitulación del proceso evolutivo) que, en esos primeros años, se activan con lo sensorial directo y real del mundo, y no con ideas o abstractos. Es decir, se activan principalmente con la sensación y la percepción de lo real. Y las sensaciones, como por ejemplo qué es una hoja, y sus colores, sus tamaños, sus formas, su textura, sus detalles y olores, su crepitar diferente cuando se rompen… son lo que el niño mejor aprende y graba teniendo él mismo la realidad de la hoja en sus manos. Es más, para que el niño aprenda bien qué es una hoja, hay que enseñarle el árbol o arbusto real del que procede. Y el color, no de esa hoja aislada, sino del color y el movimiento que adquiere cuando esta en lo frondoso del árbol. Aprendiendo y viviendo de ello el género homo ha sobrevivido millones de años. Y así se han grabado esos códigos de supervivencia cuyo valor ahora esta en reconocerlos y hacerlos funcionar cuando su actividad asoma temprana en el niño en los primeros años. Y todo eso no se encuentra en las aulas, en las guarderías, sino en el campo y las montañas. ¡Y pensar que hay niños en las grandes ciudades que nunca han visto una vaca real y solo una vaca digital…!

Y finalmente, permítame decirle, que después se construyen de forma sólida, y con otros códigos cerebrales, los conceptos, esos elementos base del gran edificio que es el pensamiento humano. Y esto sí se enseña y se aprende en el aula.

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La emoción como base del aprendizaje es una de las ideas que recalca. Seguro que esto lo experimentan cada día los profesionales de la enseñanza cuando son ellos mismos los que se emocionan enseñando.
Sí, considero la emoción como el epicentro de toda enseñanza. La emoción es el vehículo que transporta las palabras y su significado. Sin emoción no hay significado, y sin significado no se puede aprender nada (y por significado se entiende aquí placer o dolor, recompensa o castigo). Y es esa emoción que, si se maneja adecuadamente, hace despertar la curiosidad y la atención. Y con ello, el entendimiento apropiado de esas palabras. Y eso vale tanto para las humanidades como para las ciencias y matemáticas incluidas, por supuesto.

Nos habla un poco del cerebro emocional y de su funcionamiento.
El cerebro emocional está situado estratégicamente entre las áreas de procesamiento de toda información sensorial (cuando vemos una rosa) (áreas sensoriales de la corteza cerebral) y el procesamiento de esa información hasta sus mas altos niveles abstractos (cuando elaboramos cognitivamente la idea de rosa o manzana mas allá de la forma, el color, la textura o el olor que tienen) (áreas de asociación de la corteza cerebral). Todo esto quiere decir que toda información sensorial es procesada por el cerebro emocional antes de su elaboración por el cerebro cognitivo. Cuando se contempla una rosa, o cogemos una manzana, o desciframos una formulación matemática, todos los elementos que maneja nuestro cerebro para realizar sus operaciones, esos elementos que llamamos abstractos, ideas, o conceptos, ya se encuentran bañados de emoción, de bueno o de malo, de significado en definitiva aun cuando sea de forma inconsciente. En esencia somos seres emocionales.

¿Qué conceptos básicos de neuroeducación tendría que tener aprendidos cualquier persona que se dedique a la enseñanza?
Permítame que aquí solo destaque la idea principal. Y es la idea que conduce a hacer consciente al maestro y al profesor que su enseñanza cambia la física y la química del cerebro del que aprende. Y esto se múltipla por millones cuando ese maestro enseña a niños de pocos años. El maestro está transformando, en muchos casos quizá para siempre, el cerebro del niño. De ahí la enorme responsabilidad del enseñante. De ahí la enorme trascendencia para una sociedad, que tiene que determinar y seleccionar muy cuidadosamente quienes van a ser maestros y profesores.

¿Cómo se podría implementar esta figura de asesor en neuroeducación de la que habla en el libro, que sirva de puente entre los conocimientos en esta área y los profesionales de la enseñanza?
Está todo por elaborar. Pero entiendo que el neuroeducador podría ser una nueva figura en los colegios que sirviera para encauzar solución a problemas que surgen en los niños en los colegios, sea autismo, dislexia, discalculia, lesiones cerebrales sutiles que dificulten el aprendizaje. Y desde luego a instaurar e implementar una mejor enseñanza basada en los conocimientos actuales sobre cómo funciona el cerebro.

¿Qué deberíamos conocer de neuroeducación como padres?
Los padres pueden detectar de modo muy temprano, es decir, en los primeros años de vida del niño, algún déficit, siquiera sutil y casi no detectable en la guardería o el colegio. Esos años son clave para realizar intervenciones tempranas y poder solucionar de modo efectivo el problema. Y los padres en la intimidad de la familia son clave en estas primeras etapas.

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¿De qué forma surgió su interés por la neuroeducación?
Llevo muchos años estudiando el cerebro. Y enseñando en la Universidad y particularmente, en Medicina, el funcionamiento del sistema nervioso central. En los últimos diez años la Neurociencia cognitiva ha dado un vuelco en lo que se refiere a entender mejor los mecanismos neuronales sustrato del aprendizaje y la enseñanza y los muchos factores que la influencian. He pensado que era ya el momento maduro de decir algo sobre ello.

¿Es feliz enseñando, ya sea en el aula o poniendo sus conocimientos en un libro?
Sí, lo soy. Y ese sentirme “feliz” lo promueve, fundamentalmente, el sentimiento de que puedo estar ayudando a la gente.

Muchas gracias.

Por Sónia Marquès Camps

Fuente: el emotional

Entrevista a Richard Davidson: “Las emociones negativas interfieren con el aprendizaje de los niños”

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La ciencia está corroborando ahora que la gestión de las emociones básicas y universales debería preceder a la enseñanza de valores y, por supuesto, de contenidos académicos. Los niños se juegan con ello su vida de adultos. Richard Davidson es uno de los neuropsicólogos pioneros en este campo,

Entrevista de Eduardo Punset con Richard Davidson, neuropsicólogo de la Universidad de Wisconsin-Madison. Parte de su trabajo involucra la investigación sobre el cerebro y su relación con la meditación.

 Eduard Punset: Creo que nuestros teleespectadores estarán muy agradecidos si les resumimos lo que esperamos de la inteligencia social y emocional aplicada a las escuelas, a los niños, en pocas palabras. Has sido uno de los grandes investigadores que ha aplicado esta práctica a los Estados Unidos… ¿Qué significa?

Richard Davidson: El tipo de habilidades de las que hablamos incluyen habilidades para aprender a dominar las emociones, en concreto la capacidad de controlar las emociones negativas para que, cuando ocurre una adversidad, éstas no persistan más de lo necesario. Las personas (y los niños, concretamente) pueden aprender a disipar estas emociones negativas para volver al estado inicial. Es algo muy, muy importante, porque cuando las emociones perturbadoras se producen en la mente, interfieren con la capacidad de aprender de los niños. Por consiguiente, la habilidad de controlar las emociones es crucial para ayudar a que los niños aprendan mejor. Otra habilidad consiste en aprender a prestar atención de una manera mejor, aprender a concentrarse. Lo más importante que hemos aprendido sobre el cerebro en la última década es que es el órgano que está construido para cambiar como respuesta a la experiencia. Es el responsable del aprendizaje. Y sabemos que el cerebro, especialmente al principio de nuestra vida, es mucho más susceptible a cualquier influencia de lo que será más tarde.

Eduard Punset: De modo que, realmente, lo que sugieres es que podemos gestionar las emociones. Otra cosa importante es aceptar que realmente nuestro cerebro puede cambiar, puede aprender. Y esto es difícil, ¿no? Porque, normalmente, para aprender, tienes que estar dispuesto a cambiar de opinión, y las personas no aceptan fácilmente los cambios.

Richard Davidson: Bueno, una de las consideraciones importantes es que el cerebro siempre está cambiando, tanto si nos gusta como si no, tanto si pretendemos que cambie como si no. A todos nos influye el entorno, la cultura, el contexto en el que residimos, el tipo de educación que recibimos…

Eduard Punset: …nuestra biología

Richard Davidson: Y nuestra biología. Todas esas cosas nos influyen, pero el cerebro está cambiando constantemente, ¡y lo que este trabajo sugiere es que podemos responsabilizarnos más de nuestro propio cerebro! ¡Y podemos desarrollar condiciones más positivas que permitirán que cambie de maneras que resulten más beneficiosas!

Eduard Punset: ¿Habéis podido evaluar o examinar alguna de estas experiencias educativas, alguna de estas reformas?

Richard Davidson: Hemos trabajado en el laboratorio analizando tipos de intervenciones muy específicas que se pueden diseñar… por ejemplo, para aumentar la cooperación y la compasión, y el altruismo. Y luego hemos estudiado la manera en la que esto cambia el cerebro durante la adolescencia. Y resulta que con solamente dos semanas de entrenamiento…

Eduard Punset: Dos semanas…

Richard Davidson: Dos semanas en las que se practica 30 minutos al día… pues bien, con esto basta para poder detectar cambios que suceden en el cerebro tras solamente dos semanas.

Eduard Punset: ¿Te refieres a asuntos como el altruismo y la compasión, verdad?

Richard Davidson: Sí, sí. Hay cambios específicos en el cerebro que están asociados con los cambios en el altruismo y que se pueden medir conductualmente. Y todo lo que sabemos sobre el cerebro nos indica que cuanto antes se realice la intervención, tanto mejor, porque habrá más probabilidades de que sus consecuencias persistan durante un período de tiempo más largo.

Eduard Punset: Y para este asunto de enseñar más altruismo, menos violencia, más empatía… ¿a qué edad crees que es más efectivo?

Richard Davidson: Basándome en lo que sabemos sobre el cerebro, las intervenciones que se producen antes de la adolescencia tienen un impacto mucho más duradero que las que se producen después de la adolescencia. Sabemos, por ejemplo, que una de las partes más críticas del cerebro a la hora de controlar las emociones es la corteza prefrontal, una región situada en la parte de delante del cerebro. Y sigue desarrollándose hasta un poco después de la adolescencia, hasta los 20 años, aproximadamente.

Eduard Punset: 20-25…

Richard Davidson: Sí. De manera que las intervenciones que se produzcan antes de eso serán más útiles. Además, es muy probable que haya una gran transición entre los 5 y los 7 años de edad en los humanos. Hay muchos motivos para creer, también, que las intervenciones que se hagan antes de esa transición serán especialmente eficaces a la hora de sentar las bases con habilidades que, si persisten, permitirán otras habilidades que se asienten en ellas. Es como una especie de andamiaje. Hay una necesidad acuciante de investigar más en este campo, porque apenas se han realizado estudios sobre la influencia del aprendizaje social y emocional en el cerebro.

Fuente: Redes para la Ciencia

http://www.redesparalaciencia.com/wp-content/uploads/2010/04/entrev57.pdf

Las prácticas contemplativas y la ciencia unidas por un cambio educativo

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¿Qué son las prácticas contemplativas? ¿Qué relación pueden tener con la ciencia y/o el área científica? ¿Qué implicancias tienen en la mejora de la educación? ¿Qué es lo que lleva a que las prácticas contemplativas y las ciencias se crucen en el camino a la hora de hacer mejoras educativas? 

En primer lugar debemos mencionar que entre las prácticas contemplativas encontramos la meditación y la atención plena. Para dar una definición de meditación podemos decir que “describe la práctica de un estado de atención concentrada, sobre un objeto externo, pensamiento, la propia conciencia, o el propio estado de concentración”. Asimismo la finalidad que tiene la meditación es calmar y apaciguar la mente, de manera de liberarnos entre algunas cosas de angustias, preocupaciones, ansiedad, estrés…; y así vivir el día a día de manera más plena, feliz y en armonía. Su definición no queda aquí, sino que podría seguir enumerando sus beneficios y objetivos, pero el tema al que quiero llegar en este artículo es otro.  En cuanto a la atención plena, más conocida como “Mindfulness”, cabe decir que significa prestar atención de manera consciente a la experiencia del momento presente con interés, curiosidad y aceptación”lo que hace que estemos más alertas y conscientes sobre lo que acontece en nuestra vida en el aquí y ahora.

En la actualidad cada vez son más las personas ligadas al área científica que han dedicado sus investigaciones sobre los efectos que tiene la meditación en el cerebro. Es así como la neurociencia ha develado un sinnúmero de beneficios que esta aporta no tan solo al reducimiento del estrés y la ansiedad que es la información que la mayoría maneja; sino que también a los procesos de atención y concentración, la creatividad (indispensables en el proceso enseñanza-aprendizaje) y también a habilidades sociales como la empatía, que tiene relación con la capacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro.

Es así como ya se habla de una nueva disciplina que tiene por nombre “neurociencias contemplativas”. Es aquí donde toma importancia el nombre de Richard Davidsonneurocientífico cuya investigación tiene entre otros objetivos el de estudiar  las prácticas contemplativas y cómo afectan al cerebro y al sistema nervioso.

Es indiscutible que hoy en día los niños y jóvenes están cada vez más expuestos a una gran cantidad de estímulos (televisión, internet, videojuegos…) lo cual si no se sabe equilibrar, los lleva a tener dificultades en la focalización de su atención y en la regulación de sus emociones. Es por esta razón que en el mundo globalizado que vivimos, necesitamos cambios educativos que favorezcan estrategias que permitan a los individuos  autoconocerse,  tomar conciencia sobre sí mismos y adquirir habilidades sociales que faciliten su relación con los otros.

Es en este punto donde podemos entender por qué las prácticas contemplativas y las ciencias se cruzan en el camino y más aún se unen con el fin de fomentar una educación óptima y acorde a las necesidades del siglo XXI. Es lo que plantea el video que adjunto a continuación presentado por Eduardo Punset. Expone una conferencia realizada en Washington, a la que asistieron tanto neurocientíficos como personajes vinculados a las prácticas contemplativas. Una de las ideas principales del video es dar a conocer cómo a través de las prácticas contemplativas es posible enseñar tanto a profesores y a alumnos a entrenar  su mente y controlar sus emociones. Se habla de estrategias que ayudan a centrar la atención de los alumnos, mediante técnicas como la meditación o “rincones de la paz” situados en las aulas, donde los niños pueden acudir para estar en calma y empezar a centrar la atención.

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Esta información nos permite poco a poco romper el mito de que la “meditación” no es más que el estar sentados, tranquilos, con los ojos cerrados… Sino que nos da una invitación a ir más allá y descubrir cómo podemos nutrirnos de estas prácticas milenarias que tantos aportes nos pueden entregar ya no solo en términos de bienestar y salud, sino también educativos.

por Evelyn E.

También en Inspirulina

YOGA PARA NIÑOS

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El yoga se ha convertido en una opción popular de ejercicio para los niños. La evidencia muestra que puede beneficiar en gran medida el desarrollo de los pequeños.

Desde el punto de vista físico, el yoga los ayuda a desarrollar fuerza, resistencia, flexibilidad y coordinación. El yoga también ayuda a aliviar el estrés y reduce, considerablemente, el riesgo de sufrir lesiones deportivas. En general, el yoga desarrolla un cuerpo más fuerte y más saludable.

Aunque los beneficios físicos son evidentes, el Yoga también puede mejorar la personalidad de los niños. Más allá de la resistencia física, el yoga los ayuda a desarrollar autoestima, confianza, creatividad e imaginación. Como beneficio adicional, el Yoga también les brinda la oportunidad de conocer nuevos amigos permitiéndoles que pongan en práctica sus habilidades sociales.

El número de programas de yoga, diseñados para los niños, se han multiplicado. Algunas escuelas incluso han comenzado a integrar el Yoga en las clases de educación física pero a pesar de las diversas opciones disponibles, la mayoría de los padres que han considerado esta disciplina para sus hijos, realmente no saben por dónde empezar. Es importante que, antes de inscribir a un niño en clases de yoga, entienda bien cuál es el propósito de los ejercicios. Aunque las diferentes posturas de yoga tienen fines específicos, el objetivo general de los centros o estudios de yoga infantil es la apreciación por todo cuanto les rodea.

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¿Necesitan Yoga los niños ?

Las investigaciones sobre el Yoga han logrado disipar la noción popular de que es una actividad sólo para los adultos. Uno de los beneficios más importantes del Yoga es que permite que los niños se desarrollen en un ambiente no competitivo y sin preocupaciones.

Uno de los desafíos más grandes cuando de niños se trata es lograr mantener su atención lo suficiente como para poder enseñarles los beneficios del yoga: la quietud, el equilibrio, la flexibilidad, el enfoque, la paz interior, la conexión, la salud y el bienestar. Por suerte, a la mayoría de los niños les encanta hablar y les encanta moverse, cosas que pueden hacer en sus clases de yoga. Los niños se emocionan con la oportunidad de asumir el rol de animales, árboles o guerreros. El papel de un maestro de yoga infantil es dar un paso atrás y permitir que los pequeños “ladren” cuando hacen la pose del perro, o silben cuando están en la pose de “la cobra” o que “maullen” cuando hacen el ejercicio de estiramiento “del gato”. También pueden recitar el abecedario o cantar, ya que el sonido es una gran liberación para ellos y le añade una dimensión auditiva a la sensación física del yoga.

Los niños tienen que descubrir el mundo por su propia cuenta. Cuando ellos se estiran como un perro, se balancean como un flamenco, respiran como un conejo o están de pie, fuertes y altos como un árbol, hacen una conexión entre el macrocosmos de su entorno y el microcosmos de sus cuerpos. La importancia de la reverencia por toda la vida y el principio de la interdependencia se hace evidente. Los niños empiezan a comprender que todos estamos hechos de la misma “materia” sólo que de diferentes formas.

Aunque algunos niños participan en clases para combatir trastornos emocionales o de deficiencia de atención, el Yoga no se limita a tipos específicos de personalidad. Además de combatir el estrés y poner freno a las dificultades de atención, el yoga es un excelente ejercicio para los niños ya que desarrolla su autoestima y les enseña cómo encontrar el equilibrio en sus vidas – sin duda algo que todos los niños necesitan.

Hay diferentes tipos de programas de yoga diseñados para niños y éstos van desde clases serias hasta clases muy divertidas y juguetonas. Es importante para los padres encontrar una clase en la que su hijo se sienta cómodo. El Yoga requiere de la confianza del niño para que pueda bajar sus “defensas” y así sacar el mejor provecho de las clases. Por lo tanto, es recomendable que los padres dejen que sus hijos asistan a una sesión de prueba antes de inscribirlos definitivamente.También es importante que el profesor sea amoroso, gentil y que sea capaz de tener una buena relación con los estudiantes.

Popularmente, el yoga se considera como una actividad liberadora de estrés. Y aunque los niños no necesariamente entienden el concepto de estrés de la manera que lo hacemos los adultos, esto no quiere decir que no lo sufran. Participar en actividades de yoga podría significar para ellos, una vida más plena, saludable y relajada.

Fuente: Naturísima