Solo Respira…

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Es innegable hoy en día el beneficio que ofrecen las prácticas como el yoga y el mindfulness en cuanto al bienestar físico, mental y emocional de los individuos. Ya es algo que no podemos negar. Es cierto que a pesar de todas las evidencias que hay hoy respecto a este tema, aún hay quienes se muestran suspicaces y no muy convencidos, y no estoy en contra de esto, sé que cada persona tiene su tiempo y no todos tenemos la obligación de sentir interés por las mismas cosas. Sin embargo, siento la necesidad de dar a conocer la infinidad de ventajas que conlleva el practicar estas disciplinas, y no solo a nosotros como adultos sino en especial a los niños.

Sabemos que poco a poco son más los establecimientos educacionales que han decidido tener el yoga y/o la meditación como una asignatura más dentro de su currículum.  Cada vez aumenta el número de educadores y padres que se interesan por especializaciones y cursos, ya sea de yoga, meditación, mindfulness…, para aplicarlos en la educación y crianza de sus hijos y alumnos. Mujeres embarazadas que quieren llevar el embarazo de manera más saludable optan por estas prácticas. Y en las empresas, podemos encontrar varias que se ocupan de tener un espacio donde los trabajadores puedan eliminar tensiones y estrés a través de técnicas de relajación, lo que contribuye a un mejor desempeño.

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Ayer encontré en la red este video que me inspiró a escribir esta entrada. Sé que la necesidad de incorporar las prácticas contemplativas a nuestra vida como adultos y a la educación de las nuevas generaciones es un hecho.

Ya he hablado sobre la necesidad que tenemos hoy en día de “una educación emocional”. En este video podemos ver cómo un grupo de niños expresan los beneficios y sus experiencias en relación al manejo de sus emociones por medio de la respiración consciente.

Hoy en día necesitamos recursos y técnicas que nos ayuden a escucharnos, relajarnos, a tener conciencia y regulación de nuestras emociones, a reencontrarnos con nosotros mismos. La velocidad y las exigencias que nos rodean hacen necesario que creemos pequeños espacios donde podamos contemplarnos, dar atención a nuestras necesidades, sentirnos, ser nosotros mismos. Esto permitirá que se incremente nuestra creatividad, productividad, nuestras ganas de hacer. Es como decir que dentro de ese pequeño momento de paz y “no hacer”  que te regalas, se encuentra escondida la acción, las ganas, la fuerza, la energía, tu potencial, ; es difícil entenderlo si no lo vives, por esto te hago la invitación a que lo hagas y solo por un momento respira…

Por Evelyn E.

Entrevista con Lìdia Serra: “El yoga educa el cuerpo, las emociones, el intelecto y el espíritu”

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Lìdia Serra lleva muchos años apostando por una educación integral -desde el corazón: sólida, verdadera y auténtica- y por el yoga como método que puede hacerlo posible. Gracias a su experiencia y empeño ha surgido un precioso proyecto de crecimiento y aprendizaje para padres y educadores: El Yoga Educa

Maestra, profesora de yoga, formadora del ICE (Instituto de Ciencias de la Educación) de la UAB (Universidad Autónoma de Barcelona) desde el año 2004; coordinadora del Grupo de Trabajo de Formación de formadores ‘El Yoga en la Educación’ del ICE de la UAB desde el año 2006 hasta el 2013; coordinadora del Grupo de Trabajo ‘El Yoga en la Educación’ del CRP (Centro de Recursos Pedagógicos) del Bages desde el año 2007 hasta el 2013; presidenta desde 2007 a 2013 del RYE (Recherche sur le Yoga dans l’Ëducation). Ver su currículum aquí.

Lìdia, la educación es, para muchas personas, la tabla de salvación del futuro de la humanidad. ¿Qué puede hacer el yoga para que evolucione el sistema educativo, bastante anquilosado?

 El yoga puede acompañarnos en nuestro crecimiento y nuestros aprendizajes durante toda la vida, desde la gestación hasta nuestra muerte.

Estamos hablando de una ciencia de la cual ya se han hecho estudios de su eficacia en el manejo del estrés, de la incidencia positiva que tiene en la salud mental y corporal, en el desarrollo psicoemocional o en el éxito de la habilidades sociales. Una ciencia con estas características tendría que estar incluida en los aprendizajes básicos que el sistema educativo marca.

Si así fuera, podríamos decir que el yoga estaría colaborando en el nuevo paradigma educativo acompañando en los procesos educativos que el siglo XXl necesita. El informe Delors de la UNESCO en los años 90 proponía una educación del cuerpo, de las emociones, del intelecto y de la espiritualidad: una educación holística del individuo para que pueda manejarse de una manera eficaz y saludable en una época de cambios tan constantes como la que vivimos. El yoga es una herramienta valiosa que se ocupa de desarrollar todos estos aspectos de la educación que este nuevo siglo necesita contribuyendo a la formación de ciudadanos comprometidos.

¿Cómo educa el yoga, a través de qué?

 El yoga educa a partir de la confianza y la convicción de que hay un tesoro escondido dentro de cada uno de nosotros. De que no importa de dónde venimos ni adónde vamos, que el crecimiento está en el camino y que estamos aquí para aprender a vivir en plenitud aprovechando cada oportunidad que nos brinda la vida para aprender.

El yoga educa ayudándonos a ser más conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones. Cuando estamos en este punto, podemos aprender, y si aprendemos podemos educar.

La clave de todo está en la conciencia y la aceptación constructiva de lo que somos y lo que nos rodea. Es fácil, aunque a veces, lo más fácil es difícil.

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“Cada instante de nuestra vida es un acto de aprendizaje único y lleno de experiencias que nos posibilitan crecer por dentro”. ¿Cómo se transmite esta filosofía de El Yoga Educa a las aulas?

 En primer lugar  con el propio ejemplo. Los niños y jóvenes tienen una gran capacidad para saber cómo estamos por dentro los adultos que los rodeamos. Más tarde, estas capacidades se van perdiendo.

Muchas veces ellos saben y perciben de nosotros más que nosotros mismos. Los adultos tenemos que estar muy atentos a nuestras propias percepciones y reacciones para saber qué les estamos ofreciendo a los niños. Y también observar e interactuar con ellos para aprender de nosotros mismos.

Este equilibrio entre  nosotros y el entorno nos proporciona eficacia y una mejor gestión de nuestra propia energía para poder realizar la difícil pero apasionante tarea de educar. Así se transmite esta filosofía de “Crecer por dentro” que desde El Yoga Educa proponemos: observar, interactuar y aprender juntos.

“Lo mejor que se puede hacer por la educación de los niños y jóvenes es comenzar por nosotros mismos”. ¿Podrías explicarnos esta frase desde tu proyecto?

 Muchas veces, para no decir la mayoría, en los contextos educativos estamos culpando a los niños y jóvenes de sus actitudes y acciones: “Este niño es…”, “Esta niña tiene…” para referirnos a sus limitaciones. Les ponemos una etiqueta o les damos un tratamiento farmacéutico y nos quedamos tan tranquilos pensando que como adultos ya hemos hecho lo que debíamos, y nos lamentamos de nuestra mala suerte con lo que nos ha tocado vivir. Lo que en ocasiones no tenemos en cuenta es que los niños son estructuras en formación que aprenden por imitación y la mayoría de las veces actúan como espejo.

Si empezamos la educación desde nosotros mismos, la imagen que los niños y jóvenes reciben es de apertura, de aceptación de los propios límites, de solidez, de compromiso, de empoderamiento. Si nos conocemos a nosotros mismos podemos ofrecerles lo mejor porque todo lo que ven y perciben es la inteligencia del corazón. Y esta es la verdadera inteligencia: cuando educas desde tu corazón, el aprendizaje es sólido, verdadero y auténtico.

¿Qué enseñan los cursos de El Yoga Educa ? ¿Cuáles son sus objetivos?

 Enseñamos lo que somos: aquí está la clave de la educación y del aprendizaje.

El Yoga Educa propone una formación en la que podamos re-encontrarnos, re-descubrirnos como lo que somos, con nuestras potencialidades y nuestras limitaciones como adultos, para poder ofrecer a los niños y jóvenes una educación coherente y de calidad. Con una buena dosis de constancia memorizamos contenidos y escribir un texto sin faltas ortográficas es cuestión de práctica. Pero la educación de un ser humano no es eso: es aprender a equilibrar las emociones y a gestionar la fuerza y la energía para focalizar la atención y la concentración en aquello que queremos aprender y saber. Es el gusto por el aprendizaje, el desarrollo de la sensibilidad estética y creativa, es el respeto hacia a uno mismo y hacia los demás.

El Yoga Educa ofrece una formación en la que aprendemos juntos una serie de prácticas que nos acompañan en el proceso de desarrollo de todas estas cualidades humanas que necesitamos despertar poco a poco. La mayoría de estos ejercicios se pueden realizar con los niños y jóvenes de nuestro entorno, ya sea en la escuela, en la familia, en una consulta terapeútica o en actividades extraescolares, como aquel que practica para aprender a multiplicar.
Porque practicando para ser humanos aprendemos a serlo y enseñamos a la nuevas generaciones el camino hacia la humanidad.

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Fuente:  YOGA en red

Niños y naturaleza, una fantástica combinación para su salud física y mental

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Hasta hace bien poco, los niños pasaban gran parte de su tiempo jugando en la calle, en el campo, experimentando constantemente al aire libre y en contacto directo con la Naturaleza. Construir cabañas, esconder tesoros, subir a los árboles o correr y saltar eran prácticas cotidianas y no existía la palabra “aburrimiento”.

En la actualidad, los pequeños permanecen muchas horas en lugares cerrados, en ocasiones sin luz natural, en un espacio reducido, sentados, con actividades programadas, con pocas posibilidades para el juego en la calle y demasiado conectados a dispositivos electrónicos. En infinidad de casos, salir del núcleo urbano e interactuar con el medio natural se convierte en algo esporádico y excepcional.

Por otra parte, la sociedad actual ha sobredimensionado los posibles riesgos y peligros que “nos amenazan” en la Naturaleza y, en cambio, minimiza los que genera el estilo de vida urbanita. Tanto es así, que ello ha dado lugar, entre otras causas, a la aparición del concepto “biofobia”, consistente en tener un miedo irracional y sin motivo concreto hacia la Naturaleza.

La psicóloga Heike Feire, autora del libro “Educar en verde“, asegura en una entrevista publicada por el blog “Educar para lo Humano” que vivimos en un mundo donde todo tiene que ser perfecto, limpio. Parece que la Naturaleza es suciedad, desorden. Pero nos da la vida. Nos enterramos vivos en espacios excesivamente limpios. Estudios sobre desarrollo infantil señalan que los niños en casa corren tanto o más peligro que fuera. Los niños superprotegidos se enfrentan peor a los peligros”.

Y es que las personas no estamos preparadas para este alejamiento forzoso de la Naturaleza, y menos aún para vivir únicamente en entornos artificiales. Esta desconexión con el medio natural recibe el nombre de “Trastorno por déficit de Naturaleza” y entre los efectos que puede producir en la población, y en especial en los niños, destacan la hiperactividad, el insomnio, la obesidad, e incluso disminución en los niveles de vitamina D.

Realizar actividad al aire libre nos proporciona equilibrio y tranquilidad. Ha sido la ubicación original y habitual del ser humano a lo largo de prácticamente toda su existencia. Durante miles de años hemos ido evolucionando en relación directa con nuestro entorno, que hasta hace muy pocas décadas era completamente natural. Como homínidos, nuestro organismo y nuestra mente están diseñados para vivir en la Naturaleza. Fue a raíz de la Revolución Industrial del siglo XVIII cuando se comenzaron a construir las grandes urbes, hábitats artificiales que en la actualidad han acabado por “encerrar” a las personas, separándolas del contexto natural. 

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Beneficios del contacto con la Naturaleza

El contacto con la Naturaleza resulta beneficioso en todos los aspectos de la vida de los niños. No sólo ayuda a prevenir la obesidad, reducir el estrés y aumentar la autoestima; también incrementa la concentración y el rendimiento escolar. Además, las funciones cognitivas, habilidades sociales, aptitudes de liderazgo y colaboración, capacidad pulmonar, respiración, apetito, descanso, y respeto por el medio ambiente mejoran considerablemente si pasamos más tiempo al aire libre.

Existen cada vez más estudios científicos con resultados concluyentes que avalan estas afirmaciones. A este respecto destacan los trabajos de Frances E. Kuo, directora del Landscape & Human Health Laboratory de la Universdad de Illinois (EEUU), que lleva más de una década estudiando junto a su equipo la relación directa entre Naturaleza y salud. Según Kuo un paseo por el parque es más que una buena manera de pasar la tarde. Es un componente esencial para una buena salud”, y añade que “así como los animales de laboratorio que viven en ambientes ajenos a su hábitat natural sufren alteraciones y trastornos que afectan a su funcionamiento social, a las personas les ocurre lo mismo”.  

Por otro lado, desde hace un tiempo se practican en Japón los llamados “baños de bosque”, Shinrin-Yoku en lengua nipona, que consisten en vivir la experiencia de caminar a través de bosques centenarios mientras se conecta e interacciona de manera lenta, densa e intensa con el entorno a través de los cinco sentidos. Estos “baños de bosque”, que siempre se han de llevar a cabo bajo la supervisión de un experto, no tan sólo nos benefician por el hecho de realizar una actividad en la Naturaleza, sino que se están utilizando también para mejorar la situación de personas con determinados problemas de salud. Las investigaciones más destacadas sobre Shinrin-Yoku las lideran en la actualidad Yoshifumi Miyazaki, Doctor en Medicina de la Tokyo Medical and Dental University, y Qing Li, Presidente de la Japanese Society of Forest Medicine de la Medicine Nippon Medical School de Tokyo.

La escuela y la familia son los dos ámbitos en los que el niño pasa más tiempo a lo largo de su infancia. Por ello, es importante que la Naturaleza esté presente en ambos. En el contexto escolar, un revolucionario concepto de enseñanza se está implantando progresivamente en el centro y norte de Europa, son las Bosquescuelas.

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En ellas, los alumnos desarrollan sus estudios y actividades al aire libre, en interacción constante con el entorno natural. La idea no es nueva, incluso tiene más de cien años. De hecho, una de las grandes pioneras fue la barcelonesa Escola de Bosc, inaugurada en 1914 y ubicada en la Torre Laribal de Montjuïc, donde las clases se impartían al aire libre y materias como la expresión corporal y la música tenían un papel destacado. La Escola de Bosc, revolucionaria en su sistema de enseñanza, seguía a su vez la filisofía educativa basada en el contacto directo con la Naturaleza que ya antes habían puesto en práctica en Alemania las escuelas Waldschule de Charlottenburg, las Plein Air en Francia y las Open Air Schools de Inglaterra.

Respecto al entorno familiar, una fabulosa manera de hacer salud es salir y disfrutar juntos de la Naturaleza padres, hijos, abuelos…. Y no es necesario realizar grandes viajes ni largas excursiones. Basta con desplazarse hasta el lugar adecuado y recoger piñas, palos, observar las plantas y los insectos, fotografiar animales, lanzar piedras a un río o convertir troncos y ramas en divertidos juguetes. Incluso resulta muy saludable trepar a un árbol, revolcarse por el suelo o meter los pies en el agua al atravesar un riachuelo. Por supuesto, sin poner en peligro nuestra integridad física, pero sin ver peligros donde no los hay. La naturaleza se ha de respetar pero no temer, y para ello lo ideal es conocerla. Y para conocerla bien, nada mejor que disfrutarla intensamente de manera habitual.

No hay que olvidar tampoco, que para establecer conexiones reales entre los niños y la Naturaleza se requiere un esfuerzo comunitario y político con el objetivo de promover las zonas verdes, generar actividades relacionadas, mejorar la accesibilidad, y desarrollar campañas de educación y promoción ciudadana.

Natxo Oñatibia, Ester Corrales Baz

Fuente: FAROS

Escolaricemos la VIDA, no la ESCUELA

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Quien no reflexiona  es un animal con ropa. Vivir sin reflexionar es peligroso, sin embargo las escuelas  en la actualidad, no preparan a las nuevas generaciones en habilidades reflexivas ni en toma de decisiones lúcidas. ¿Como explicamos la existencia de tanta inteligencia durante la niñez y tanta estupidez en el mundo adulto? ¿Son las escuelas espacios abiertos donde se fomenta la creatividad, el autoconocimiento, la solidaridad y el aprendizaje de la vida? ¿No será  que las escuelas de la actualidad, terminan matando la creatividad, la curiosidad, la rebeldía  y las mismas ganas de aprender y en su reemplazo transmite contenidos inservibles, mientras actúan como aparcamiento de niños, rigurosamente vigilados para que no se escapen? No es casual que muchos niños se enferman cuando terminan las vacaciones.

 ¿Dónde aprenden nuestros niños a ser individualistas, a competir ferozmente con el prójimo, a callar y obedecer, a ser inseguros y dependientes?, ¿dónde aprenden a sufrir y complicarse, en definitiva a ser infelices? ¿No será que docentes infelices dan mal ejemplo a los niños que luego creen que la felicidad es imposible? ¿No será que  las metodologías carentes de amor, fabrican seres incapaces de amar que luego se gradúan de drogadictos? Los niños son grandes investigadores espontáneos hasta que van a la escuela.

Mamá- preguntaba un niño a su madre mirando un manicomio-  ¿dónde  se estudia para ser loco?,  el silencio de ella dijo tantas cosas. Cuando decimos algo  distinto a lo que pensamos y vivimos en otra dirección, terminamos confundidos y confundiendo a cualquiera. La mejor escuela es aquella que enseña a vivir, es decir a soñar y reinventar el mundo a tiempo de ir construyendo identidades auténticas que les habiliten para asumir los desafíos que habitar este tiempo.

Quizá  tenemos como familias que dar menos importancia a la escuela y jugar más en casa, a mirar más a los niños desde el corazón, permitir más que los pequeños decidan y dar más ejemplos caseros de felicidad cotidiana. Los padres tenemos que acompañar y dar buen ejemplo y los profesores también, detrás de cada docente, tiene que haber un feliz asalariado, un funcionario, no del Estado sino del amor, quizá lo primero que tienen que aprender los niños, es a renunciar, esa es la mejor vacuna contra el sufrimiento futuro.

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La escuela tiene que enfatizar más  en las preguntas, potenciar la capacidad de preguntarse, de dudar, de buscar e investigar, las respuestas  siempre serán secundarias.  Es recomendable el aprendizaje auto dirigido, el énfasis en que cada uno se haga responsable de todo lo que hace y de los efectos colaterales de lo que produce. Ahora podemos preguntarnos, ¿de donde salen los jóvenes desequilibrados que  necesitan drogas y alcohol para funcionar?

Escuelas o aparcamientos para niños de manera que  los padres puedan cumplir las actividades laborales con las cuales  financian los gastos que implica vivir en este tiempo, pero el afecto, imprescindible para los seres vivos, ¿de dónde lo extraemos? También existe una desnutrición afectiva que  luego se somatiza y por ejemplo baja la calidad inmunológica del cuerpo y nos predispone para enfermarnos.

Si  la  escuela no construye seres humanos, ¿dónde nos humanizaremos? Sin embargo con frecuencia me pregunto,   por qué la escuela insiste en el  aprendizaje de conocimientos inservibles mientras  se niega a transformarse a pesar de  saber que la vida es movimiento constante. Sin duda  necesitamos escuelas para aprender a vivir.

Quizá sea necesario, abolir  el monopolio de la educación  que detentan las escuelas y extenderla  a las calles, a la naturaleza y en especial al hogar, sucursal predilecta de la escuela. Entonces,  lo fundamental ya no será la escuela sino la educación y ella se paseara libremente por todo lo ancho de la vida, no olvidemos que  las nuevas generaciones son el reflejo de  cada sociedad y si ahora están como están, es precisamente porque confundimos escuelas con educación.

En muchos casos será necesario emprender caminatas  de desaprendizaje creativo. Es tan saludable  olvidar  aquello que no contribuye a elevar nuestra calidad e intensidad existencial. Necesitamos verdaderas escuelas para  la vida para niños y jóvenes, precisamos escuelas para desaprender para adultos, liberarlos de tantas creencias  falsas y hábitos inoportunos, precisamos ayudar a  cambiar cosmovisiones y paradigmas y aprender a aprender y recuperar  solidaridades y capacidad de soñar y evitar  odiosas evaluaciones que nunca   son justas ni reflejan nuestra situación integral y abolir el compararse y competir con el otro  y dar mas importancia a lo que se siente  y aprender a gobernar las emociones y que niños jóvenes y adultos aprendan a ser libres. Solo habrá adultos realizados si de niños fueron felices.

El papel del docente será de motivar e inspirar, de los padres, dar buen ejemplo. Es necesario admitir  que somos diferentes y disfrutar de esa diversidad. Todos somos hiperactivos hasta que nos vuelven conformistas.

Mas allá de premios y castigos que huelen a manipulación, enseñemos a disfrutar, si esa capacidad innata ya fue malograda, respetemos el ritmo de los niños  y acompañémosles a descubrir el mundo, descartando verdades inmodificables, recordemos que no nacemos humanos, que venimos con la semilla que  incluye un inmenso potencial  y que al encontrar las condiciones adecuadas, puede crecer y florecer  y elevarnos hasta niveles sorprendentes de humanidad.

Desescolaricemos las escuelas y escolaricemos al vida, la educación no se tiene que parecer  a una fábrica de una cadena de montaje. Si queremos construir seres humanos, eduquemos para el autogobierno, para la pregunta y la exploración, para el disfrute y la renuncia, para el cambio y la creatividad. Eduquemos para una vida donde solo sobreviven, quienes aprendieron a aprender de todo lo que les pasa y a disfrutar, de todo lo que hacen, siempre que esto se encuentre en coherencia con sus principios y nutrido por sus mejores sueños.

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Construyamos niños y adultos con gran capacidad de aprender y convirtamos a la vida toda, en una escuela sin muros y con una material fundamental: aprender a vivir.

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Fuente: Escuela de Felicidad

Neuroarquitectura

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Hace ya algún tiempo, aun cuando no mucho, entré, una mañana gris, a visitar la catedral de Tilburgo en Holanda. Tras cruzar la puerta, el sonido fuerte del órgano me sobrecogió. La música, sublime, ocupaba todos los rincones de aquella arquitectura y de mí mismo. Un sonido penetrante, que parecía alargar no ya las altísimas arcadas góticas del techo, sino mi sentimiento abierto de estar vivo y embargado por esa realidad física hecha con ideas y emociones profundas. Y allí me quedé, largo rato, sentado en aquellos bancos de nogal viejo. Cierto es que esta experiencia, y antes o después de ella, y con registros emocionales diferentes, me ha sucedido en otros entornos, fuera en el Panteón de Agripa, ante el Partenón en la Acrópolis griega, en el circo de Roma, o en lo que imagino podría experimentar ante el Burj Dubai que mira cerca, con casi un kilómetro erguido, los azules del cielo.

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¿Qué tienen pues las arquitecturas que son como resortes que abren y despiertan muchos rincones de nuestro cerebro? Hace poco, a raíz de datos muy recientes, me puse otra vez a cavilar sobre la importancia de la arquitectura en relación a la enseñanza, fuese ésta preescolar o universitaria. Y me hice las siguientes preguntas: ¿Por qué enseñar a los estudiantes en clases amplias, con grandes ventanales y luz natural parece mejorar y producir un mejor rendimiento en ellos que la enseñanza impartida en clases angostas y pobremente iluminadas? ¿Pudiera ser que los colegios, los institutos de enseñanza media o incluso las propias universidades, que se construyen en las grandes ciudades, modelen la forma de ser y pensar de aquellos que se están formando en ellas? ¿Es posible que la arquitectura de los colegios no responda hoy a lo que de verdad requiere el proceso cognitivo y emocional para aprender y memorizar acorde a los códigos del cerebro humano y sean, además, potenciadores de agresión, insatisfacción y depresión? ¿Hasta qué punto vivir constreñido en el espacio de un aula, lejos de las grandes extensiones de tierra con horizontes abiertos o montañas, árboles, de suelos alfombrados de verde o secos matojos, no ha alterado la base emocional genuina de los mecanismos neuronales del aprendizaje y la memoria?

Y todavía más. ¿Hasta qué punto enclaustrar a un niño de pocos años en una guardería de paredes anónimas, sin significado emocional alguno, no dirige la construcción de un cerebro en el que se suceden millones de cambios moleculares y celulares cada hora de su pequeña vida? Piénsese que tras el nacimiento, y en solo tres años, el cerebro de un niño aumenta más de medio kilo en una vorágine en que se crean nuevos contactos sinápticos y construyen circuitos neuronales que codifican para funciones específicas. En ese tiempo ese cerebro absorbe, inconscientemente, todo cuanto le rodea, incluido y de modo importante el aire emocional que le rodea sea vivo o inerte, sean personas o animales, sean cosas o casas, colores, movimientos y un largo etcétera. ¿Hasta qué punto todo esto no influye, disminuye o incluso pudiera apagar la luz abierta de la mente de un niño? ¿Acaso no estamos aprendiendo ya, de forma firme, la tremenda interdependencia del cerebro con el medio que le rodea, siempre dirigido al aprendizaje del entorno y solo para salvaguardar la supervivencia del individuo?

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Pues bien, a una parte de todo esto se le llama hoy Neuroarquitectura. Y una parte de esa neuroarquitectura, desde su joven nacimiento en el año 2004, está dedicada al estudio de los entornos en donde se aprende o enseña. Hoy, arquitectos en diálogo constante con neurocientíficos, ya diseñan colegios nuevos con aulas de alumnos, particularmente de primaria, con orientaciones y ángulos diferentes para favorecer las fuentes de luz natural, el diseño amplio de ventanales y paredes, flujos de aire y control de ruido. Son estudios que incluyen ideas acerca de cómo funciona el cerebro y los códigos que trae ese cerebro al nacimiento. Es decir, estudios con los que se pretende adecuar el entorno arquitectónico para potenciar más y mejor la expresión de esos códigos con los que se aprende y memoriza y mas allá como se enseña. Cierto que todavía son infinitas más las preguntas que los resultados pero en ese camino de diálogo interdisciplinar se espera alcanzar una nueva dimensión que incida en la concepción de una nueva neuroeducación.

Fuente: EL HUFFINGTON POST

Entrevista a Carl Honoré: “El tiempo de ser niño”.

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Criar un hijo debería ser un viaje, tomar su mano y decir: vamos a descubrir quién eres tú, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas”, dice Carl Honoré. Para avanzar en esta dirección, se necesita reducir la velocidad y propiciar momentos de silencio, que inviten a mirar dentro y buscar los propios recursos. Y la escuela deberá abrir puertas y enseñar a los niños a amar el aprendizaje, a hacer preguntas para que cada uno encuentre su camino. Así, el paso de la infancia a la edad adulta será un tránsito más fluido.

¿Cómo valora la evolución de la infancia en las últimas décadas?

Para mí el rasgo más significativo es el control del adulto de los más mínimos detalles en la vida del niño. Nuestra sociedad oscila entre hacer demasiado y hacer poco. Por un lado, los cuidamos y protegemos con una energía sobrehumana, preparamos su futuro, creamos una imagen perfecta de lo que debe ser un “niño perfecto”, un “super-niño”. Por otro, no somos capaces de imponer disciplina. Los padres, en particular, hemos perdido la capacidad de decir no. Pasamos mucho tiempo educando a nuestros hijos, enseñándoles cosas, llevándolos en coche de una actividad a otra, del fútbol al tenis o a piano, pero no el suficiente estando, simplemente estando, con ellos, escuchándolos, jugando, charlando. Hay algo claustrofóbico e intensamente paranoico en las relaciones con los hijos.

 ¿Cuáles son las causas de esta situación?

Han confluido en ella un conjunto de tendencias históricas. Una de ellas es la globalización de la economía. El mercado de trabajo es ahora más inestable. Antes los empleados eran para toda la vida, salías de la universidad y te colocabas inmediatamente. La incertidumbre genera mucha ansiedad y esto se manifiesta en un impulso por equipar a los niños para el futuro, que resulta excesivo. La incertidumbre y la ansiedad están en los discursos políticos, en las conversaciones de los padres, en las escuelas. Y la cuestión es cómo equipar a los hijos y con qué. La segunda tendencia es la cultura del consumismo, que ya existía en el siglo XX, pero que ha alcanzado su apoteosis en los últimos años, infectando todos los rincones de nuestra cultura y colonizando nuestras vidas. El consumismo aumenta las expectativas, nos impulsa a quererlo todo perfecto. Queremos dientes perfectos, cuerpos perfectos, una cocina perfecta, perfectas vacaciones y también un hijo perfecto que encaje en la familia perfecta. No es suficiente que un niño juege dando patadas a un balón. Tiene que estar en un equipo y si es posible en la liga. Es todo o nada.

Luego están los cambios demográficos…

Sí, las familias de hoy son las más pequeñas de la historia. Nos casamos a edad avanzada y las mujeres son madres, por primera vez, a los 39. Todo esto genera ansiedad y preocupación. El simple hecho de tener un hijo se convierte en algo muy importante, un enorme esfuerzo, una gran inversión de tiempo y dinero. Con un único hijo, te lo juegas todo a una carta. Nunca tienes la experiencia de lo diferentes que son los niños ni de lo limitada que puede ser tu influencia sobre ellos. Para moldearlos, les aplicamos la cultura del management y los resultados son que nos profesionalizamos como padres y perdemos el contacto con nuestro instinto natural. Hay mucho miedo y mucha presión del entorno para que lo hagamos muy bien, leamos muchos libros, compremos juguetes muy caros, con mucha tecnología y los llevemos a actividades con expertos, cuando, por el contrario, la ciencia nos dice que el juego, el juego espontáneo, es lo más apropiado para desarrollar el cerebro infantil.

 ¿Diría que hay sólo una forma de ser niño o varias?

La globalización nos promete aumentar nuestras posibilidades de elección, pero en realidad las está restringiendo. Hoy puedes dormir en el mismo hotel en Barcelona, Londres, Berlín o Tokio. La gente sigue la misma moda en Corea del Sur y en Andalucía, escuchan música en idénticos Ipod. Y lo mismo ocurre con la infancia, hemos creado un ideal estándar del niño perfecto: muy organizado, muy ocupado, siempre haciendo cosas controladas y supervidadas por adultos. Por eso escribí Bajo presión: quería poner en cuestión la idea de un niño único. Crecer no tiene por qué ser una carrera; algunos leerán más pronto, otros serán muy buenos jugando al fútbol y luego perderán interes por este deporte. Cada persona tiene su propio ritmo. La vida moderna impone a todos un ritmo muy rápido y no acepta el error ni el fracaso. Esto crea una atmósfera de ansiedad y miedo que no es saludable. La infancia es un espejo, refleja lo bueno y lo malo de cada sociedad.

Ese niño estandarizado, ¿no parece más bien un adulto?

Es verdad, en cierto sentido los niños se han “adultizado”, pero en otro están más infantilizados. Digamos que se va en las dos direcciones. Por un lado, les presionamos para que sean adultos cada vez más pronto: surfean en google y ven pornografía a los siete años, tienen agendas muy apretadas. Por otro, les infantilizamos, tememos lo que pueda ocurrirles, no les dejamos asumir riesgos, ni salir a la calle o ir solos ala escuela ¡hasta los 29¡ Los mantenemos en una burbuja. La infancia se ha vuelto demasiado valiosa para dejársela a los niños; queremos controlar, medir, mejorar. La infantilización y el management son dos aspectos de lo mismo. Antes de la aparición de la escuela, los niños eran muy adultos. La infancia es un constructo moderno, un producto de nuestra cultura.

 Que no existe en otras partes del mundo…

Efectivamente, los niños de la calle en Brasil o India llevan vidas de adultos, aunque también son niños. Necesitan satisfacer necesidades básicas de alimentación, salud, hogar, educación. ¿Debemos exportar nuestro modelo de niño occidental? La respuesta es no, porque no funciona. De mi experiencia en Sudamérica, recuerdo que tienen una chispa increíble y una sorprendente capacidad para jugar, reír, ser independientes y crear; son muy inteligentes, muy capaces de sobrevivir. Tienen mucho que enseñarnos. Disponen de tiempo para vagar por las calles pero, claro, deberían ir a la escuela. Sin embargo, hay cosas positivas en esa libertad. Hemos creado dos tipos de niños: unos están excesivamente controlados, sobreprotegidos y consentidos, y otros no tienen ningún control, ninguna protección y no reciben ningún mimo. Deberíamos equilibrar la situación, dar más espacio y tiempo a los niños occidentales y más alimentación, salud y escuela a los del tercer mundo, respetando su libertad.

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Cuáles son las consecuencias de este modelo de infancia?

Las estamos viendo. Los maestros se quejan de niños “problemáticos”, que son incapaces de resolver los conflictos porque nunca han podido juntarse con cuatro o cinco amigos sin que un adulto dirija y controle su juego. Así que no han desarrollado esa habilidad. En los campus universitarios, jóvenes a quienes nunca les han permitido asumir sus responsabilidades se sienten incapaces de enfrentarse a todo. Los móviles se han convertido en el cordón umbilical más largo de la historia y los padres continúan dirigiendo a sus hijos, incluso para elegir un empleo. Si el objetivo de la paternidad es ayudar a los hijos a ser autónomos, estamos fracasando. Y sin embargo, la economía necesita personas capaces de pensar libremente, de asumir riesgos y desafíos, de emprender. ¿Cuál es el beneficio de criar una generación que sólo sabe seguir las reglas y entrar en el molde, en lugar de pensar fuera de él?

 Una generación que no ha vivido su infancia plenamente…

Que ha perdido la alegría de ser niño. Nos estamos privando de ese sonido mágico que es la risa de los niños. Esa increible capacidad infantil para jugar y sumergirse en un mundo inventado: “ver el mundo en un grano de arena y sostener el infinito en la palma de tu mano”, como decía William Blake. Hace poco ví una viñeta estupenda en el New Yorker magazine. Una pareja contempla a su hijo recién nacido, y uno de ellos dice: “¡Oh mira, va a ser abogado¡”. Es sólo un bebé, pero ya lo ven como un proyecto. Criar a un hijo debería ser un viaje, cogerlo de la mano y decir: “vamos a descu quién eres”, con todo el misterio, la incertidumbre, la alegría y las lágrimas. Pero si decides que tu hijo irá a Oxford, será abogado y trabajará en el City Bank, ¿dónde está la magia? Tal vez él quiera ser músico, arquitecto o periodista. En España, una cifra record de universitarios abandonan en el primer año de carrera. Quizás, por primera vez en su vida, pueden plantearse: “¿quién soy yo y qué hago en empresariales?” Y descubren que quieren ser enfermeras o fotógrafas.

¿Construirse uno mismo no es una característica de la edad adulta?

Los conceptos de infancia y adultez deberían ser más fluidos. La definición básica del adulto es la de alguien que dirige su vida. Con los niños hay un límite porque no tienen las mismas capacidades a los dos años que a los quince. Pero gradualmente, al ritmo adecuado para cada persona, los padres deberían ceder el contro, darles la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.

 ¿Cómo sería una infancia “lenta”?

Es una especie de equilibrio. No estoy abogando, en absoluto, por el laissez faire. Los niños necesitan estímulo, presión, competición, estructura. Pero sólo de vez en cuando, no siempre. También necesitan espacio para explorar el mundo a su manera, a su ritmo, para crear, inventar, incluso para aburrirse. Hoy nos aterroriza el aburrimiento. Vivimos en una “cultura del hacer” que no contempla la posibilidad de ir despacio, de parar, incluso de no hacer nada. Estamos continuamente ocupados, corriendo en pleno ruido electrónico. Nadie disfruta de unos momentos de silencio. Esto crea una presión artificial, innecesaria. Se necesita tiempo para mirar hacia dentro, a tus propios recursos, para atravesar el aburrimiento y crear. También los adultos necesitamos relajarnos, repensar nuestra relación con el tiempo. Cuando reducimos la velocidad, somos capaces de sentir con mayor claridad. Y si sientes más, piensas y te angustias menos.

¿Qué hace usted cuando tiene prisa?

Antes solía ir siempre corriendo y mirando el rejoj. Ahora aún hago muchas cosas deprisa, pero ya no me estreso. Y si me sucede alguna vez, me paro y me digo a mi mismo ¿por qué vas tan rápido? ¿lo necesitas realmente o te han contagiado el virus de la prisa? Y si no hay ninguna razón, simplemente reduzco la velocidad. Es muy diferente y haces muchas más cosas. La paradoja de ir más despacio es que te vuelves mucho más productivo. El cerebro humano sólo puede concentrarse adecuadamente en una cosa cada vez. Intentar hacer varias, al mismo tiempo, es ineficiente e improductivo.

 ¿De verás tienes más tiempo?

Sí, y puedes sentirlo, no es sólo que tengas más espacio en tu agenda, es que el tiempo no pasa tan rápido y puedes hacer las cosas que quieres. Yo cuido de mis hijos por las tardes; ayer, después de la escuela, fuimos a la piscina. Despacio es más fácil.

¿La tecnología acelera nuestras vidas?

En realidad, la tecnología es una herramienta muy útil, una fuente de información y conocimiento increíble. Pero se convierte en un problema cuando los niños pasan seis o siete horas diarias deltante del ordenador. Algunos tienen 400 amigos en Facebook, y ni uno solo para ir a jugar al parque. Hay que encontrar el equilibrio.

Una tarea difícil. Muchos padres y educadores ya han tirado la toalla.

Es algo nuevo, aún estamos creando normas y protocolos para usar mejor la tecnología. Pero hay que poner límites. Los niños necesitan jugar de verdad, no con la Nintendo; necesitan amigos reales. Reflexionemos sobre la forma en que utilizamos la tecnología en la familia y en la escuela. Seguro que podemos hacer algo. Pongo un ejemplo, aunque no tenga relación con la infancia. El primer ministro inglés, David Cameron, en la primera reunión de su gabinete, prohibió el uso de Smartphones, móviles, Ipod, Blackberrys, etc. Sin aparatos, las sesiones son más creativas y productivas. Y si los ministros, todos hiperactivos, personalidades tipo A, adictos al Blackberry, quirúrgicamente conectados al Iphone, son capaces de apagarlos durante dos horas, ¿cómo no vamos a poder hacerlo en la escuela?

¿Los profesores ven también a los niños como proyectos?

El sistema escolar forma parte de una sociedad muy controladora que no deja espacio para descubrir quién eres realmente, para crear. Hay continuos exámenes, calificaciones y datos que memorizar.

 Pero una escuela sin exámenes…

Los exámenes responden a las necesidades de control, de certidumbre. A los políticos les encantan las cifras, las comparaciones, las clasificaciones: tal número de niños españoles ha obtenido tales resultados. Y puede ser muy útil, pero son una herramienta limitada. Crean una especie de ilusión, cuando en realidad no dicen mucho sobre las habilidades y aprendizajes reales. En los últimos años, la escuela se ha obsesionado con las evaluaciones, como si fuesen la única medida del valor de los alumnos. Y la presión empieza ya a los seis años. Pasamos demasiado tiempo clasificándolos en grupos de habilidad, seleccionando a los mejores, cuando los niños evolucionan a diferentes ritmos, cambian de un año para otro. Meterlos en cajas los limita. Con el exceso de exámenes se pierden muchísimos talentos; es como si les repitieras “no eres bueno, no vas a conseguirlo”.

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¿Cuál sería, entonces, el papel de la escuela?

La escuela debe abrir las mentes en lugar de cerrarlas, exponer a los niños al mayor número de ideas, de formas de pensar, a los mejores conocimientos. Enseñarles a amar el aprendizaje, a interesarse por las cosas, a hacer preguntas y ser curiosos. Ayudar a cada niño a encontrar su camino, a descubrir sus gustos y sus capacidades. Necesitamos una escuela abierta que ofrezca a todos las mismas oportunidades. No creo que su función sea formar a los chicos para los mejores empleos. Eso viene más tarde. Deberíamos preparar al mayor número de personas para que realicen todo su potencial, que sean capaces de pensar creativamente, de trabajar en grupo, en red, de resolver problemas de manera interdisciplinaria. Lleva tiempo cambiar un sistema tan complejo como el educativo; es un proceso largo, pero necesario.

¿Se plantearía eliminar el currículo y dar más libertad a las escuelas?

Sí, pero manteniendo algunas estructuras. El currículo oficial puede reducirse a algunos puntos esenciales. En el mundo atomizado en que vivimos, los estados necesitan conservar un cuerpo de conocimientos comunes, una base sólida, accesible a todos. Por ejemplo, una historia nacional que los ciudadanos conocen y comprenden, algunas bases en matemáticas, en ciencias… El resto, lo dejaría libre para que la escuela y el profesor elijan las modalidades, el momento adecuado. La flexibilidad permite adaptarse a cada niño, a cada familia, a cada comunidad. Esto sucede ya en algunos países, como Finlandia. Los sistemas educativos que mejor funcionan en el mundo son los que están más descentralizados. Afortunadamente, hay cambios positivos en todas partes.

 ¿Puede citar algunos ejemplos?

Hace unos meses, en Canadá, abrieron la primera guardería al aire libre, algo como un jardín secreto que vas a visitar. Hay que tener en cuenta que allí las temparaturas pueden bajar hasta menos 20 grados. El año pasado, Toronto se convirtió en el primer estado de Norteamérica que ha impuesto límites estrictos a los deberes en todos los cursos. Y otros estados se están planteando hacer lo mismo. Aquí en Inglaterra, el ministro de educación se propone dar más libertad a las escuelas y a los profesores. En todas partes, los padres crean grupos para reflexionar sobre la forma de educar.

¿Cree que su libro puede tener algo que ver?

Puede ser, pero la crisis también influye. Con menos dinero, las familias comen más en casa, compran menos juguetes tecnológicos, gastan menos en actividades extraescolares. Y hay una especie de movimiento cultural del que mi libro forma parte. Algunas personas me escriben diciendo que lo están utilizando para repensar su escuela o su familia… Es agradable sentir que lo que escribes tiene un efecto sobre la gente.

Fuente: Estilo de Vida Slow

El aprendizaje social y emocional, las habilidades para la vida

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Las emociones…, si nos ponemos a pensar detenidamente en esta palabra lo primero que se nos puede venir a la mente es alegría, tristeza, rabia, miedo… O bien podemos remontarnos al pasado y recordar algún momento que nos hizo sentir felices y nos quedó tan grabado que al escuchar dicha palabra es lo primero que se nos viene a la cabeza. Quizás también si tu pasión es la música cerrarás los ojos y escucharás muy en el fondo esa bella melodía que te transporta a lugares donde solo puedes dirigirte saboreando esa bella canción que te despierta nostalgia. Es de este modo que podemos darnos cuenta que al hablar de “emociones”, cada uno de nosotros según las experiencias de vida que haya acumulado a lo largo de su historia, podrá interpretar o darle significado a esta palabra de manera distinta.

Sin embargo, ¿qué pasa si habláramos de educación emocional? Quizás para algunos que les interesa el tema conocerán de qué se trata. Habrá también otros que sabrán darle una pincelada a partir de lo que han escuchado, o bien por propio interés se han preocupado del tema. No obstante, sabemos que existirán muchos que no sabrán de qué estamos hablando, y esto no es raro. No creen entonces que siendo un tema tan trascendente, de suma importancia, ¿debería ser manejado por la mayoría y no solo un privilegio de algunos?

Lo anterior pasa porque este concepto nunca fue debidamente incorporado a nuestras vidas desde el momento que nacimos o desde antes, desde cuando nuestras madres nos tenían en su vientre. Hay estudios que demuestran que la educación emocional comienza ya en el útero materno, ya que hay evidencias que indican que las emociones o estado emocional de la madre son traspasadas al bebé. Cuando fuimos a la escuela, ¿alguien nos habló sobre educación emocional?, y ¿se le dedicaba las horas y la importancia debida? O dentro de nuestras familias ¿alguna vez se tocó el tema? ¿Se nos enseñó a tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestras emociones, las ajenas y se nos dijo como regularlas? “Inteligencia emocional” se le llama a lo anterior, pero a estas alturas creo que aún nos queda mucho por aprender. Nunca es tarde, lo importante no es buscar culpables a esto ni mucho menos, desligarnos de la responsabilidad diciendo: “Es que a mí nunca me habían hablado de esto”. Porque si bien nuestros padres o nuestras escuelas no tenían conocimiento o no nos instruyeron en el tema, será también porque ellos no tuvieron a alguien que los apoyara y se los diera a conocer.

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Entonces nuestra tarea es hacernos conscientes de que este tema sí es relevante, sí hay que darle cabida en la educación de nuestros niños y jóvenes, y nosotros como adultos también necesitamos educarnos en nuestras emociones. A los profesores y padres y todas las personas en general que sí tenemos la posibilidad de beneficiarnos de información relacionada con el maravilloso e inquietante mundo de las emociones, los invito a que nos nos quedemos atrás y empecemos juntos a reaprender y reeducarnos. De a poquito podremos contribuir juntos a cambiar el rumbo y redirigir la educación por el camino ya no solo intelectual sino que también emocional que necesitamos hoy.

Para complementar el tema les comparto un video muy interesante que recalca la importancia de los primeros años de vida, ya que es aquí donde se forman nuestros primeros patrones emocionales. Las emociones y el manejo de las mismas que predomine en nuestros primeros años, nos marcarán a largo plazo ya sea de manera favorable o desfavorable. Es de suma importancia sentirnos amparados y seguros en nuestra primera etapa de vida, donde el contacto físico y la conexión con nuestras figuras de apego juega un rol fundamental, dentro de entornos saludables que potencien emociones positivas.

En resumidas cuentas el que nos convirtamos en personas equilibradas e íntegras tanto física como emocionalmente, con un alto grado conocimiento de nosotros mismos y empatía hacia los demás, dependerá en un gran porcentaje del conocimiento y el manejo que tengamos de nuestras emociones y las de los demás, y mejor aún si esta educación emocional comienza en nuestros primeros años de vida. Siempre rodeados de un ambiente que sepa potenciar y estimular nuestras habilidades en un ambiente positivo.

Como dice Eduardo Punset en el libro (muy recomendado) “¿Cómo educar las Emociones?”

La manera ideal de reducir los futuros niveles de violencia, de aumentar los de altruismo, de prevenir los tambaleos de la salud y con ello, de dismunuir la presión que está colapsando los sistemas sociosanitarios y la asfixia a todo tipo de prestaciones, pasa por la temprana apuesta en práctica del aprendizaje social y emocional.”

Por Evelyn E.

INTELIGENCIA EMOCIONAL

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Durante muchos años se ha condenado a un segundo plano a las emociones frente al pensamiento lógico.

Recuerdo haber escuchado en más de una ocasión que no debía llorar, que llorar es de débiles… y yo no podía evitarlo. Llegué a creerlo… debía ser una persona débil, porque en determinados momentos… era sentir un nudo en el estómago y necesitar llorar. Nunca entendí qué tiene de malo llorar. Nacimos llorando porque llorar es coger aire, sacar lo que nos duele y seguir adelante.

Crecí con la consigna de que las emociones se deben reprimir. Y, como persona obediente, yo intenté esconderlas.

El papel de las emociones

Sin embargo, siempre he sentido interés por conocer más sobre lo que nos pasa por dentro. A pesar de que este no es mi ámbito de investigación, he leído todo lo que ha caído en mis manos sobre este tema porque tiene muchos puntos de conexión con el tema de desarrollo de talento.

Y he descubierto que no podemos dejar las emociones de lado… nos lo muestra la neurociencia. Todos tenemos emociones. Antes de aprender a caminar, antes de aprender a leer… ya tenemos emociones. Aunque no nos hayan enseñado a gestionarlas.

En esencia, toda emoción constituye un impulso que nos moviliza a la acción. La emoción, desde el plano semántico, significa “movimiento hacia”, y basta con observar a los animales o a los niños pequeños para encontrar la forma en que las emociones los dirigen hacia una acción determinada, que puede ser llorar, correr, o sonreír.

Probablemente, hemos creído que las emociones nos confunden. Pero no es así. Las investigaciones científicas evidencian lo contrario. Investigadores neurocientíficos nos demuestran que es necesaria la participación de las emociones en la toma de decisiones.

Los profesores Jules Lobel (Universidad de Pittsburg) y George Lowenstein (Universidad Carnegie Mellon) demostraron que las decisiones humanas son controladas por dos sistemas neurales: el deliberativo y el emocional. Y  que es necesaria  la interacción de ambos.

Inteligencia emocional

Daniel Goleman publicó en 1995 “Inteligencia emocional”, en el que defiende que el éxito de una persona no viene determinado únicamente por su coeficiente intelectual o por sus estudios académicos, sino que entra en juego el conocimiento emocional.

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Define la inteligencia emocional como la capacidad de la persona para identificar su propio estado emocional y gestionarlo de forma adecuada.

Tal y como afirma Goleman “es un error creer que la cognición y las emociones son dos campos separados. En realidad, pertenecen a la misma área cerebral. De modo que ayudar a los niños a gestionar mejor sus emociones significa que pueden aprender mejor”.

Si no valoramos las emociones, estamos despreciando la posibilidad de desarrollar habilidades tremendamente importantes… la sensibilidad artística, la capacidad física, la iniciativa emprendedora, la propia capacidad de emocionar… ¿Te imaginas nuestro mundo sin personas con iniciativa, sin arte, sin música… ? Francamente, es difícil de concebir.

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Si no llevamos estos conocimientos científicos a la práctica, estamos desperdiciando muchas potencialidades en nuestros alumnos.

Estamos acostumbrados a oír hablar de inteligencia matemática, de inteligencia lingüística,… y creo que ya va siendo hora de acostumbrarnos también a hablar de inteligencia emocional.

Lo mejor de nosotros no surge necesariamente de la inteligencia cognitiva… es muy probable que no sea suficiente y que necesite también de nuestra inteligencia emocional.

Es muy probable que las mejores decisiones no sean fruto de una reflexión del cerebro sino del resultado de una emoción”

Eduard Punset

Marta Grañó

Fuente: INED21

Joan Domènech, autor del libro “Elogio de la Educación Lenta”: “Los docentes debemos creer más en nosotros mismos”

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¿Hemos perdido el ritmo de la vida? Seguramente. Hay un predominio del tiempo desde su punto de vista cuantitativo, valoramos más los aspectos de aceleración: cuantas más cosas hagas y más rápido, mejor. Ahora valoramos más el tiempo que utilizamos para hacer muchas cosas que el que utilizamos para hacer cosas en su merecido tiempo.

¿Y qué hemos perdido con ello? Las cosas que antes tenían valor han pasado a un segundo plano. Los griegos tenían dos dioses relacionados con el tiempo: Kronos, vinculado al tiempo que duran las cosas y Kairos, que está ligado a los ciclos de la naturaleza, al tiempo que necesitan los acontecimientos para desarrollarse plenamente. Nuestra cultura sólo conoce y valora a Kronos.

Esta concepción, ¿la hemos trasladado a la educación? Si, por supuesto. La tendencia es pensar que cuanto más tiempo estudien los niños, cuanto más rato dediquen al aprendizaje formal, más listos serán y más cosas sabrán. Esto es falso. El aprendizaje es interdisciplinar, y cada individuo tiene su ritmo. No podemos globalizar ni acelerar el aprendizaje.

¿Qué te provocó, personalmente, la necesidad de establecer un cambio en la forma de educar? El tiempo como variable siempre me había hecho reflexionar. Cuando preparas los cursos siempre intentas organizarte mejor que el año anterior para alcanzar los objetivos, pero siempre llegas a final de curso sin terminar todo lo que querías hacer. Un día te das cuenta que no es una cuestión de organización sino del sistema. Fragmentar el tiempo implica fraccionar el saber y esto no es garantía de un mejor aprendizaje ni tampoco que sea homogéneo en el aula.

¿Y cuál fue la conclusión? El tiempo siempre es el mismo. Puedes fragmentar el tiempo y meter con calzador todas las actividades que tienes que hacer, o puedes plantearte que necesidades tiene el niño y gestionar el tiempo de acuerdo a ellas.

¿Qué es lo más importante para llevar a cabo la segunda opción? Tener claras las prioridades. Actualmente la administración diseña el sistema educativo en función de la realidad social actual, perpetuando un modelo que solo da respuesta a este input. Pero la educación a lo que debe dar respuesta es a la necesidad del ser humano de desarrollarse.

¿El currículum responde a las necesidades del alumno? Hay un error de concepción en el currículum: es excepcionalmente rígido y está sobrecargado de contenidos. El currículum además es prescriptivo cuando debería ser orientativo. No puede ser que nos marquen hasta las lecturas que debemos realizar. Es como si a un médico cirujano le dijeran desde la administración con que bisturí debe operar.

¿Qué solución propone para la sobrecarga del currículum? Actualmente tenemos poco margen, pero lo tenemos. Yo creo que debemos seleccionar los contenidos claves y trabajarlos más profundamente. Pero tal y como está diseñado el sistema sólo se puede pasar superficialmente por los contenidos. Los maestros debemos creer más en nosotros mismos y romper con el seguidismo que nos propone la administración.

¿En su escuela practican la educación lenta? Practicamos lo que podemos ya que el margen que da la administración es limitado. Nosotros tenemos unos horarios más flexibles e interdisciplinares y los resultados son muy buenos.

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Y  esto no va en contra de lo establecido, ¿no? No, en ningún sitio lo prohíbe. Contamos además con el apoyo de toda la comunidad educativa de nuestro centro. Profesores, familias, equipo directivo y alumnos estamos de acuerdo en trabajar de esta forma y defendemos nuestro derecho de hacer esta lectura de la normativa.

¿Qué pautas de trabajo se proponen los profesores de su escuela para trabajar así? La más importante, y la que nos cuesta más cumplir, es entrar con serenidad al aula. Nuestro sistema reclama una autoexigencia superior y esa presión recae en los profesores. Es un poco contradictorio, ya que para aplicar nuestra filosofía lo interesante es poder ejercitarla también como individuo en el caso del profesorado. Pero nos esforzamos cada día por transmitir a los alumnos las ganas de profundizar en lo que aprenden.

¿Cómo valoran los padres y tutores el sistema? Muy positivamente. Todos estamos de acuerdo además que nuestra fórmula es la más exigente con los resultados. Solo la educación que se adapta a las necesidades de cada alumno puede exigir el máximo de cada uno de ellos. No hay que caer en el error de pensar que la educación lenta va asociada al libre albedrío. Nosotros promovemos que cada alumno dedique el tiempo que necesita a aprender lo que se le enseña.

¿Las TIC les ayudan en su tarea diaria? La tecnología por sí sola no cambia nada. Lo que sí hace es poner en cuestión muchas de las cosas que hacemos. Ciertamente, hemos integrado las TIC en nuestras aulas y nos son de gran ayuda porque sabemos exactamente qué finalidad tiene la herramienta. De nada sirve personalizar las actividades si no tienes claro para que las quieres personalizar, por ejemplo.

¿Qué hábitos cree fundamentales en casa para favorecer la educación lenta? Darle tiempo al niño para desarrollarse. Los niños deben jugar, hablar con lo padres, dialogar y escuchar. Deben participar de las actividades cotidianas, ir a comprar, preparar actividades con el resto de la familia, etc. Han de poder aplicar lo que aprenden en clase en la vida cotidiana pero no repetir lo que hacen en el colegio.

Fuente: Tiching

El futuro educativo: niños más creativos, menos aburridos y estresados

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Si las cualidades más importantes fueran aquellas que los tests de inteligencia son capaces de evaluar, nuestra civilización nunca se habría desarrollado como lo ha hecho”. Ken Robinson

Los sistemas educativos surgidos de la revolución industrial someten a los niños a incesantes exámenes donde las matemáticas y la lengua predominan sobre las otras materias.

Muchas de las cosas que nos contaron nuestros padres ya no sirven. El modelo “estudia, consigue un trabajo y asciende dentro de la empresa”, ha quedado obsoleto. Además, en este modelo la felicidad de los individuos no importa para nada. Por eso, mi mensaje de hoy es el siguiente: dejemos a los niños jugar. Permítanme explicarles por qué. Nuestra sociedad ha cambiado enormemente en los últimos cincuenta años. El modelo económico se está transformando desde un paradigma productivo-industrial hacia un modelo de negocios basados en los servicios, la información y el conocimiento. Por lo tanto, es lógico pensar que las cualidades requeridas a los individuos en el futuro también cambien. Esto es, como mínimo, lo que dicen personas como Ken Robinson, experto en creatividad: en el futuro se necesitarán personas más creativas y empáticas. Todo esto puede que asuste mucho ya que ahora, aparte de formarnos, tendremos que ser buenos en otras cosas. Pero en realidad, ésta puede ser una buena noticia para los individuos: todos hemos nacido con una buena dosis de las cualidades que comenta Robinson.

Educación productiva: ignorando al individuo, perdiendo mucho talento

Los sistemas educativos originados en la revolución industrial han capitalizado la enseñanza hasta nuestros días. Su finalidad principal: preparar a las personas para incorporarse al sector productivo. Se caracterizan, por tanto, por varias cosas que, aunque nos parezcan obvias, puede que no lo sean tanto: separar a los niños por edades, según su facilidad para las matemáticas y la lengua, distinguir estrictamente entre “ciencias” y “letras” (dando mayor valor a las primeras) y muy importante: presionar a los jóvenes para que decidan, tan pronto como sea posible, hacia donde quieren encaminar su futuro profesional. Y es que el sistema educativo-industrial nació de la necesidad de preparar a trabajadores cualificados para que pudieran trabajar en las fábricas y realizaran trabajos mecánicos. El sistema también asumía, por tanto, la necesidad de una gran estandarización y daba gran valor a la repetición y memorización de datos. En otras palabras, lo que importaba (y aún importa) son los resultados, el potencial productivo del individuo. Las necesidades o potenciales “ocultos” de los estudiantes pasan en el sistema educativo-productivo a un segundo plano. Consecuencia: muchos niños se aburren en clase, se frustran, se sienten excluidos. Sin embargo, según algunos estudios, los talentos no curriculares (creatividad, intuición, flexibilidad, espontaneidad, empatía, competencias interculturales o capacidad organizativa) van a ser mucho más importantes en el futuro. Las razones: el mencionado cambio de modelo de negocios pero también de los modelos de carrera profesional (antes lineal y de larga duración – hoy cambiante y multitarea).

Científicos: intuición, pasión y curiosidad

Edwards O. Wilson, catedrático de la Universidad de Harvard, profesor de Biología y ganador de dos premios Pulitzer, cuenta lo siguiente: “He conocido a un montón de estudiantes brillantes que no se atrevieron a adentrarse en la carrera científica por miedo a las matemáticas. Pero, al fin y al cabo, en la gran mayoría de disciplinas científicas, la pasión y la intuición son mucho más importantes que las matemáticas“. En su libro Cartas a un joven científico, Wilson es aún más explícito: “Muchos de los científicos de éxito a nivel mundial son, desde el punto de vista matemático, poco más que semianalfabetos”. Y da tal vez con la clave: primero, pasión, después, preparación. Y en algunos casos, según Wilson y coincidiendo con Robinson, la preparación se da de manera equivocada.

Pero Wilson no es el único que resalta la importancia de las cualidades “no curriculares” como prioritarias para un científico: Einstein reclamaba imaginación antes que conocimiento; Ramón y Cajal, la pasión y perseverancia. Marie Curie estaba convencida de que en la mayoría de escuelas se dedica demasiado tiempo a la enseñanza de la lectura y la escritura y se mandan a los niños demasiados deberes, mientras que apenas se realizan ejercicios prácticos para completar su formación científica”. Einstein explicaba también que el secreto de su éxito a la hora de desarrollar teorías tan complejas era el haber conservado algunas de las cualidades de su niñez.

Entonces, ¿cómo hay que educar a los niños?

El modelo productivo-industrial planteaba esto como respuesta a otra pregunta: ¿qué quieres ser de mayor (médico, mecánico, fontanero)? Por lo tanto, proponía el modelo “estudiar, trabajar, producir”.

Es posible que el modelo educativo del futuro, dado que los modelos de carrera van a ser muy diferentes (no lineales, varios trabajos, multitareas), así como también las habilidades necesarias (creatividad, empatía, comunicación), trate de responder a otras preguntas: ¿qué cosas te gusta hacer, te hacen sentir bien (escribir, viajar, componer, analizar, ordenar)?

Todo esto puede sonar muy abstracto a la hora de pensar en un modelo educativo, así que permítanme poner un ejemplo de lo que trato de explicar: el otro día hablaba con el director de un museo científico. Su mayor preocupación era poder conseguir que el museo pudiera atraer, no solo a los adultos, sino tambien a los más pequeños. Al final llegó a la conclusión de que el mejor museo sería aquel que permitiera a los niños tocar y correr libremente, en definitiva, jugar.

Y es que viendo cada día a mi hijo de cuatro años jugar, inventar, comunicarse, asociarse con otros, buscar soluciones creativas, hacerse preguntas, me convenzo ahora de algo que mi madre me dijo hace ya muchos años: dejemos a los niños jugar. Qué idea más bella: puede que una de las claves de la educación del futuro esté en dar a los niños un poco más de aire, tiempo para que aprendan jugando siendo así más ellos mismos y, probablemente, más felices. Es posible que esto se consiga, como sostienen algunos, apostando por el e-learning o por clases asistenciales más prácticas y menos teóricas. Todo suena muy futurista pero los finlandeses (considerados modelo educativo de referencia con solo un 1% de abandono escolar) llevan desde los años setenta del siglo XX aplicando con éxito cosas como escolarización obligatoria a los 7 años (antes no se les exige leer ni escribir) y pausas después de cada clase (descansos para jugar).

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En cualquier caso, ahora tengo que dejarles, la cama me llama. Mañana mi hijo de cuatro años se levantará, probablemente antes que yo, y vendrá a la cama preguntándome: papá, ¿quieres jugar conmigo?

Fuente: EL HUFFINGTON POST